Tersera ponencia del Padre Felix María Arocena en en encuentro de Estudios 2006 sobre la Introcucción a los leccionarios de la Misa

III. La palabra de Dios en el leccionario

 

El leccionario litúrgico no coincide con la Biblia. De una parte, sabemos bien cómo se nos presenta la palabra de Dios en la Biblia. Se trata de una colección de libros que conforman dos testamentos, el antiguo y el nuevo. Entre ambos existe una profunda unidad, siendo Dios el autor de ambos. Por ello, en vez de hablar de muchos libros realmente tendríamos que decir que la Biblia constituye un solo libro. Pero ahora la pregunta es otra: ¿cómo se nos presenta la palabra de Dios en el leccionario litúrgico? o, más concretamente, ¿de qué materiales bíblicos se sirve la liturgia cuando celebra la Eucaristía? Esta intervención quiere esbozar una respuesta a estas preguntas.[1] Una respuesta dada en un punto de la andadura de la reforma litúrgica como el de hoy, en el que cada uno de los tres ciclos de lecturas dominicales han sido ya escuchados una docena de veces y cada uno de los dos ciclos anuales feriales una veintena de veces.

 

El leccionario es un libro constituido por una abundante selección de perícopas () cuyo conjunto constituye un volumen ?en su materialidad, varios volúmenes? que contiene los textos bíblicos que se proclaman en las diversas celebraciones eucarísticas a lo largo del ciclo temporal y del ciclo santoral. Lo importante es percatarse de que los textos del libro inspirado han sido transferidos al libro litúrgico no de cualquier manera, sino dispuestos y digeridos según una ratio determinada. Su conocimiento sirve para percibir la rica gama de iluminaciones y potenciaciones que adquiere celebrada en la liturgia, de la cual es fuente de nueva interpretación y de nuevo acontecimiento. Y es esto lo que ahora vamos a exponer.

 

La confección del Leccionario exigió la cooperación internacional de muchos especialistas, peritos en exégesis, liturgia, catequesis y pastoral que recibieron el encargo de llevar a cabo los deseos de los Padres conciliares sobre las lecturas de la Misa, tal y como los recogió la Sacrosanctum Concilium.[2] Resultado de esta ardua labor de años ha sido la actual distribución bíblica para la celebración eucarística en el rito romano. Muestra del éxito con que fue acogido el nuevo leccionario es el hecho de que las comunidades anglicanas lo acogieron y comenzaron a emplearlo desde el primer momento. Hoy en día, el leccionario representa la propuesta que la Iglesia del siglo XXI ofrece a los hombres para que se nutran de la mesa de la palabra de Dios con la mayor abundancia y riqueza humanamente posibles.

 

Se trataría ahora de identificar aquellas características que posee la palabra de Dios celebrada y de las que está desprovista cuando la leemos o meditamos en su contexto literario original, que es la Biblia.[3]

 

 

• Primera característica: los textos inspirados reciben una nueva contextualización

 

Con el fin de ilustrar esta nota, acudimos a una experiencia referida por J. Ratzinger quien, aludiendo al uso que el Oficio divino hace del salmo 44 a lo largo del año litúrgico, comenta:[4]

 

“Cada año, en la Liturgia de las Horas del tiempo de Cuaresma, me vuelve a conmover una paradoja de las Vísperas del lunes de la segunda semana del Salterio. Allí, una junto a la otra, se encuentran dos antífonas, una para el tiempo de Cuaresma y otra para la Semana santa. Ambas introducen el salmo 44, pero lo hacen con claves interpretativas radicalmente contrapuestas. El salmo describe las nupcias del Rey, su belleza, sus virtudes, su misión y, a continuación, exalta la figura de la esposa. En el tiempo de Cuaresma, introduce el salmo la misma antífona que se utiliza durante el resto del año. El tercer versículo reza: «Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia».

 

Está claro que la Iglesia lee este salmo como una representación poético-profética de la relación esponsal entre Cristo y la Iglesia. Reconoce a Cristo como el más bello de los hombres; la gracia derramada en sus labios manifiesta la belleza interior de su palabra, la gloria de su anuncio (...).

 

Pero el miércoles de la Semana santa, la Iglesia cambia la antífona y nos invita a leer el salmo a la luz de Isaías: «Sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, con el rostro desfigurado por el dolor» (Is 53, 2). ¿Cómo se concilian estas dos afirmaciones? El «más bello de los hombres» es de aspecto tan miserable, que ni se le quiere mirar. Pilato lo muestra a la multitud diciendo: «Este es el hombre», tratando de suscitar la piedad por el Hombre, despreciado y maltratado, al que no le queda ninguna belleza exterior”.

 

Esta “conmoción” del autor resulta explicable si la consideramos como fruto de la contextualización del salmo 44 creada por el Oficio divino a través de la pareja de antífonas de Cuaresma y Semana Santa respectivamente. Un mismo salmo canta de modo cristológicamente desigual en función de su inmersión en la lex orandi de la Iglesia. Agustín hablaba de “dos trompetas” que suenan contrapuestas, pero que reciben su sonido del mismo soplo de aire, del mismo Espíritu Santo. Suenan notas diferentes y, precisamente así, nos sitúan frente a la totalidad de la Belleza.

 

Lo que acabamos de decir en este caso concreto acerca de la contextualización generada por la Liturgia de las Horas podemos afirmarlo análogamente del leccionario. El texto bíblico recibe también, en este libro litúrgico, una nueva contextualización. Los diversos textos de la primera y de la segunda lectura, del salmo, del evangelio que en la Biblia aparecen desligados, pasan a conformar ahora, en el leccionario, un todo unitario a partir de un factor que actúa de ensamblaje entre ellos: el tiempo litúrgico. La liturgia no lee la Escritura como un libro histórico del pasado, sino que lo reinterpreta en el tiempo. Celebrar la palabra equivale a que un texto, estático en sí mismos y ya remoto ¾in illo tempore¾, atraviesa el tiempo y llega a nuestro hoy celebrativo, en donde recibe una vida nueva. Un determinado texto entra a formar parte de una nueva historia, se encarna, ilumina y es iluminado.

 

Un par de ejemplos concretos pueden ayudar a comprender mejor en qué consiste esta recontextualización. En un primer caso, nos detenemos en el relato de la anunciación y en un segundo caso, en el relato de la visitación. En el evangelio de Lucas, ambas narraciones son contiguas; la una sucede inmediatamente a la otra. Comencemos por el primero: el evangelio de la Anunciación.[5] Según se proclame en el cuarto domingo de Adviento, o bien en la solemnidad de la inmaculada concepción de María (08.12), el texto no “suena” igual.

 

En el primer caso ?el último domingo de Adviento?, el texto bíblico vive dentro de la espiritualidad propia de las “ferias mayores”, estando ya muy próxima la celebración del misterio del nacimiento del Salvador.[6]  ése es el clima que está respirando la Iglesia, clima que rodea y envuelve la proclamación de ese evangelio. Cuando la palabra es sumergida en el hoy de la celebración queda empapada de esa atmósfera. Por tanto, cuando la liturgia de Adviento anuncia y conmemora el relato de la anunciación, su actitud es la de quien espera que se revele el misterio escondido desde los siglos en Dios; misterio oculto desde hace nueve meses en María. El tiempo de Adviento modaliza así el relato de la Anunciación. En él contempla el misterio de la unión hipostática: antes de que el hombre pudiera imitar a Cristo, él ya había empezado a imitar al hombre. Pero otra cosa distinta sucede en el segundo caso, cuando el mismo relato es proclamado en la liturgia del 8 de diciembre. Su significado cambia. El corazón orante de la Iglesia se aproxima al saludo de Gabriel: “¡Salve, llena-de-gracia!” En la liturgia de ese día, la Iglesia acoge las palabras de Gabriel descubriendo en ellas una plenitud de significado. Nos sentimos suavemente impulsados a entender que el gratia plena arrastra consigo la purísima concepción de la Panhagia, como los cristianos orientales llaman a María: la Toda-Santa.

 

Algo análogo similar con el cántico de María en Ain-Karim. La liturgia proclama el Magnificat en la fiesta de la visitación (30.05), y proclama también el mismo texto en solemnidad de la asunción de María (15.08).[7] Siendo idénticos ambos fragmentos, su hermenéutica no lo es. En el primer caso, María comparte con su prima Isabel el júbilo por las recientes maravillas obradas por Dios en ambas. En el segundo caso, el Magnificat se convierte en el júbilo y la acción de gracias celeste de María. De sus labios, ya glorificados, prorrumpe una exultación que ella profiere ante su Hijo, que no ha esperado a la parusía para unirla a su gloria. Desde esta perspectiva, ¡cuánto se iluminan y qué nuevas dimensiones adquieren estos versículos! Quizás ahora, al reflexionar sobre estos dos ejemplos, estemos en condiciones de comprender algo importante. No sólo se trata de que el canto de María constituya la palabra de Dios para nuestro hoy, sino algo más, un salto cualitativo: se trata de que la palabra ?la acción de gracias de María? deviene acontecimiento hoy.

 

Crear esta recontextualización es lo propio de la liturgia. Esta capacidad de situar un texto inspirado en un entorno determinado posibilita un despliegue semántico extremadamente rico. El capítulo octavo de la carta a los Romanos lo encontramos utilizado en la liturgia bautismal, en la liturgia de la confirmación y en la del matrimonio. En atención a cada una de esas celebraciones, el sentido que el texto desprenda no será el mismo, sino que dependerá de cada sacramento. Pero sucede, además, que, en el ámbito de una misma celebración ?en este caso, la eucarística? el capítulo octavo de la carta a los Romanos se proclama en tres distintos periodos: en el tiempo per annum, durante la cuaresma y en Pentecostés. Estos tiempos iluminan y modalizan el texto con una coloración específica.

 

Análogamente, una misma lectura, propuesta en dos momentos diferentes del año litúrgico, a la que se une un salmo responsorial diferente, recibe dos hermenéuticas distintas en función precisamente del salmo y, más precisamente todavía, del estribillo.[8] Es el caso, por ejemplo, de Act 3, 11-26, que se proclama en el tercer domingo de pascua (ciclo B) con el salmo responsorial 4 y en el jueves de la Octava de pascua con el salmo responsorial 8. El argumento de la perícopa viene recogido en el título: “los judíos dieron muerte al autor de la vida, a quien el Padre resucitó de entre los muertos”. El estribillo que se emplea en el domingo es: “Haz brillar, Señor, sobre nosotros la luz de tu rostro”. Aquí, el estribillo es una súplica de la asamblea dirigida al Padre. Al repetirla, los fieles se sienten invitados a reconocer en el Resucitado el resplandor del rostro del Padre. En el jueves, el estribillo que se emplea es: “Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra”. En este caso, la asamblea se dirige también al Padre no ya mediante una súplica, sino mediante una aclamación que traduce su estupor por la obra admirable de la resurrección de su querido Hijo.

 

 

• Segunda característica: el uso articulado de varios textos inspirados

 

En la celebración no se emplea un solo texto; no se propone sólo el evangelio, sino que el domingo, por ejemplo, se proclaman tres textos: la primera lectura con la que se conecta su salmo responsorial, la segunda lectura y el evangelio. Este triplete no constituye una mini-antología, un conjunto de textos autónomos, sino que conforma una secuencia ritual unitaria, donde los evangelios ocupan un puesto preeminente sobre el resto de los libros inspirados

 

Esta realidad celebrativa comporta que esos textos ya no son susceptibles de ser interpretados por separado, sino como elementos narrativos de un único relato. Cada una de las lecturas de la celebración, es decir, cada una de las piezas que componen la liturgia de la palabra, aún conservando su identidad originaria, concurren a construir un significado global análogo al que conforman cada una de las palabras dentro de una frase. Así, por ejemplo, cuando decimos “el deporte favorece la salud”, utilizamos tres términos. Cada uno de ellos tiene un campo semántico bien definido: deporte significa deporte y salud significa salud. No obstante, de su concatenación determinada mediante el verbo “favorecer”, obtenemos un juicio que nos da noticia de algo que antes ignorábamos porque esa nueva información no se halla explicitada en cada uno de los tres términos. Algo parecido sucede con los textos bíblicos proclamados según la secuencial ritual de la liturgia. La primera lectura, el salmo responsorial, la aclamación previa al evangelio y el evangelio son textos dispuestos de tal modo que conforman una unidad congruente y rica de significado. De este modo, textos pertenecientes a géneros literarios diversos (poético, narrativo, exhortativo...), encuadrados en culturas distintas (judía, helena...) y redactados en épocas históricas diferentes dentro del canon bíblico, pueden compenetrarse e interaccionar desde la unitariedad y la globalidad que adquieren en su momento cultual.

 

Semejante tratamiento del texto inspirado no tiene parangón en las demás religiones. En efecto, a diferencia de otras religiones en las que difícilmente se actúa sobre el texto revelado, el cristianismo admite realizar una manipulación como la acabamos de apuntar, constituyendo esto una especificidad que ?justo es reconocerlo? conlleva todo un modo, también específico, de entender qué sea un texto inspirado.

 

Veamos cómo se plasma este hecho en algún caso concreto. Consideremos la selección bíblica, particularmente rica, que propone la liturgia en los cinco domingos del tiempo de Cuaresma (ciclo B) compendiada en un cuadro:[9]

 

 

Tiempo de Cuaresma

 

(Ciclo B)

 

 

Antiguo Testamento

 

 
Apóstol

 

 

Evangelio

 

 

Domingo 1

 

Gen 9, 8-15

 

Diluvio

y alianza

 

 

1 Pt 3, 18-22

 

Diluvio y

Bautismo

 

Mc 1, 12-25

 

Jesús es tentado

por el demonio

 

 

Domingo 2

 

Gen 22, 1-2.9a.15-18

 

Sacrificio de Isaac y alianza con Abrahán

 

 

Rom 8, 31b-34

 

Dios no perdonó

a su propio Hijo

 

Mc 9, 1-9

 

éste es mi Hijo:

escuchadle

 

 

Domingo 3

 

Ex 10, 1-17

 

Ley mosaica

y la alianza

 

 

1 Cor 1, 22-25

 

El Crucificado, fuerza

 y sabiduría de Dios

 

Io 2, 13-25

 

Destruid este templo y

en tres días lo reedificaré

 

 

Domingo 4

 

2 Cr 36, 14-23

 

Destierro y

liberación de Israel

 

 

Eph 2, 4-11

 

Muertos por el pecado, resucitados por la gracia

 

Io 3, 14-21

 

Dios envió a su Hijo

para salvar al mundo

 

 

Domingo 5

 

Ier 31, 31-34

 

Promesa de una

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