Este trabajo fue realizado por seminaristas, hoy sacerdotes, del Seminario Metropolitano de Buenos Aires.

 

 

La Música

en la

Liturgia

 

 

 

Trabajo realzado por seminaristas del

Seminario Metropolitano de Buenos Aires

 

 

 

 

Introducción

 

 

            Desde siempre hemos hecho la experiencia de la música. Cuando éramos niños, nuestras madres nos cantaban para animarnos, o para dormirnos, o para contarnos un cuento, o para recordar algo. Cuando fuimos al colegio nos enseñaron a cantar el Himno Nacional, otras melodías... después nos empezó a gustar la música que escuchábamos, y la empezamos a cantar por decisión propia, poniendo más el propio corazón. Me gusta tal o cual canto, tal o cual estilo musical. Incluso más adelante quizás nos animamos a tocar algún instrumento como queriendo completar nuestro canto.

            También descubrimos que la música tiene una funcionalidad. De cantar lo que sentía nuestro corazón pasamos a descubrir con mayor conciencia, que ese canto sirve para algo, para expresar lo que siento, para comunicarme, para crear un clima determinado... entonces el canto, la música pasó a ser descubierta en todas sus dimensiones y quedó incorporada a nuestra vida. Así, el gran San Agustín decía que ‘cantar es propio del que ama’. Y sabemos bien que el amor es algo que se alcanza en la madurez. Descubrir el canto como expresión de la belleza también.

            Toda nuestra vida está llena de música. Quizás nos sorprendería si nos pusiéramos a pensar cuántos momentos durante el día estamos escuchando alguna melodía. Quizás nos sorprenderíamos si pensásemos cuántos eventos importantes de nuestras vidas estuvieron bañados en música. Fiel compañera, la más espiritual e inmaterial de las artes, es la única que el hombre puede llevar dondequiera que esté. Aunque no podamos cantar a veces aparece dentro del corazón y lo llena de gozo, explícita sus sentimientos, y el hombre es capaz de ‘decirse a sí mismo’, más bien, de ‘cantarse a sí mismo’.

            Las distintas culturas nos muestran que esto es verdad. Quizás una de las piezas literarias más antiguas, el poema del Gilgamesh, de la mesopotamia asiática del siglo XIII a.C., es un canto por el cual el hombre trata de explicar la obra de la creación. Incluso la Ilíada o la Odisea de Homero de V siglos antes de nuestra era, o la Enéada de Virgilio que empieza ‘Canto a las armas y a los hombres...’. Casi siempre que el hombre quiso decir algo sobre sí o sobre Dios usó primero la prosa, después la poesía, para llegar a un nivel más profundo, y cuando las palabras ya no alcanzaban para expresar lo oculto, lo profundo, les puso, a esas palabras, música; o mejor, exprimió las palabras de tal modo que largaron toda su expresividad hasta la última gota, hasta hacerse la misma palabra, melodía. La música nunca - si es verdadera - es una yuxtaposición de palabras y notas (que al fin son una conjunción matemática) sino que se hace cantar a la misma palabra con su propia musicalidad: esta palabra acá, hoy, me canta así. La palabra, la música y la realidad vivida se relacionan de un modo muy trabado, no se los puede separara si se quiere expresar algo en plenitud. De ahí que los canto puedan ser - o no - adecuados. Hay una relación entre la subjetividad del que canta, la objetividad del momento y el medio: la palabra musical. Cualquier espectador ignorante y pasivo podrá notar que está fuera de lugar alguien que canta el arrorró en un velorio, o en vez del feliz cumpleaños toca el himno nacional.

 

 
La música en la Iglesia

 

            La Iglesia de Cristo, es ante todo la Iglesia del hombre. Todo lo que hay de bueno y verdadero en el hombre es semilla - a veces oculta - del Verbo, es de algún modo expresión de la verdad sobre Dios y sobre el mismo hombre,  sobre cada uno de nosotros.

            Desde el más antiguo texto que la Sagrada Escritura conserva (el Cántico de Déborah, Jueces 5) pasando por los Salmos (que dicho sea de paso  son una pieza no sólo de valor artístico,  musical o histórico sino también dogmático ya que muchas verdades de Dios que no se pueden expresar en una argumentación racional, las dicen los salmos de modo más profundo) hasta el Cántico de las Bodas del Cordero (Apocalipsis 19) todos quieren cantar. En la Misa hacemos referencia al Cielo donde cantan los ángeles la santidad de Dios (Is 6). Incluso en el Nuevo Testamento encontramos textos musicales: el canto de Zacarías cuando se le devuelve el habla y canta bendiciendo a Dios, Simeón cuando recibe la visita del Mesías en el Templo, y María cuando exulta de gozo en el Señor por las maravillas que obró en ella; Pablo, Pedro, Juan, van a cantar en algunos pasajes de sus escritos sobre Cristo, sobre la gesta redentora, cosas que la mera palabra dicha no lograría decir. Toda la Biblia está plagada de cantos de alabanza, de súplica, de alegría y perdón... sencillamente porque toda nuestra vida está llena de estas actitudes y sentimientos. Y la fe eleva a lo sobrenatural aquello que de ordinario es meramente natural, da dimensión eterna a nuestras cosas tan caducas. La iglesia de Cristo es la Iglesia de la encarnación que quiere rescatar al hombre y llevarlo a su verdad más profunda. Encontrarse con su realidad de criatura necesitada de Dios. No se trata de negar sino de asumir. Y el canto, la música,  es una herramienta poderosísima para elevar el alma a Dios.

            Quizá nos sintamos admirados - y porqué no decirlo, algunos hasta escandalizados - por el interés de la Iglesia, desde siempre por las artes humanas. Desde antiguo se preocupó por descubrir en las filosofías contemporáneas lo que podían tener en común con el Evangelio,   en el medioevo fueron los monasterios los grandes centros culturales donde el tesoro de la antigüedad fue custodiado celosamente ante la irrupción bárbara, en el renacimiento y en el clasicismo, la Iglesia fue una de las grandes mecenas del arte. Lo encontramos en su arquitectura, la imaginería, y muy especialmente en la música. Desde el gregoriano que es una gran esfuerzo de unificación eclesiástica por medio del canto, hasta la polifonía, y la música contemporánea; todo es un esfuerzo por asumir lo humano, no sin antes evangelizarlo. (Por ejemplo el Tantum ergo de Palestrina)

            Esta valoración de parte de la Iglesia se traduce, en introducir en su vida propia estas manifestaciones humanas. Así, la música entra en la Iglesia para formar parte de la increíble riqueza del hombre redimido. La música entra como el agua, que se filtra por todos lados, en toda la vida eclesial. El lugar privilegiado y ahí donde se concentró el mayor esfuerzo en este campo es el de la Liturgia.

“El Apóstol exhorta a los fieles congregados para esperar la Venida del Señor a que canten todos juntos salmos, himnos y cánticos inspirados (Cf. Col 3, 16). Pues el canto es señal de júbilo del corazón (Cf. Hch 2, 46). De ahí, que San Agustín diga con razón: “Cantar es propio del que ama”, y también el antiguo proverbio: “El que canta bien, ora dos veces.” Por tanto, en las celebraciones debe darse gran importancia al canto, habida cuenta de la índole del pueblo y de las posibilidades de cada asamblea. Esto no implica que deban cantarse siempre todos los textos destinados a ser cantados. En la selección de las partes que se van a cantar debe darse preferencia a las más importantes, y en especial, a las que canta el sacerdote o los ministros y que requieren respuestas del pueblo, o a las que canta el sacerdote junto con el pueblo.”[1]

 

 
La música en la liturgia

           

Antes que nada habría que decir que sería pobrísimo sostener el valor de al música en la liturgia como una mera expresión artística - más o menos valiosa -; si bien hay algo de verdadero en esto, no podemos reducirlo a esta sola valoración. No lo podemos decir ni siquiera después de haber asistido a un concierto en el teatro. Ahí, la sexta sinfonía de Beethoven, además de ser una belleza musical,  nos llevó al campo, nos dijo cosas acerca de la belleza de la naturaleza, el ansia de libertad del hombre, la sencillez del pastor, los sentimientos nobles; o una polonesa de Chopin nos puede hablar del arraigo de una persona a su tierra, o la sinfonía ‘del nuevo mundo’ de Dvorak, la admiración de un extranjero en Nueva York. La música no es sólo algo lindo, no es sólo algo ‘de fondo’. La música hay que escucharla, tratar de entenderla y entrar en diálogo con el autor, con lo que tiene delante y quiere expresar en este lenguaje. La música tiene cantidad de valores. En la liturgia, más.

 

þ  Expresa y realiza nuestras actitudes interiores. Como ya se dijo, la música es expresión, lenguaje universal, que llega a profundidades dónde no llega la palabra dicha. Pero además realiza la actitud interior, la encarna, la hace viva, humana. En la liturgia, el canto expresa nuestra postura ante Dios (alabanza, súplica, respeto, confianza), la penetración del misterio que se celebra (bautismo, canto de entrada de una Misa, aclamación después de la consagración, etc.), y nuestra sintonía con la comunidad (en una dinámica de yo-tu-nosotros). Contribuye, el canto, a que la oración sea más plena, más englobadora de toda nuestra persona orante.

Con el canto ‘ la oración adopta una expresión más penetrante ... el misterio de la liturgia se manifiesta más claramente’[2]

Muchas veces el no cantar algunas partes de la liturgia significa un empobrecimiento. Por ejemplo el caso del salmo, que por naturaleza es cantado, si se recita, se pierde una plenitud expresiva que podría llegar a expresar más plenamente el sentimiento y su belleza estética

 

þ  El canto hace comunidad. El cristiano nunca reza solo. Siempre lo hace en la Iglesia, esté o no acompañado. Cuando estamos reunidos varios en nombre de Dios, esta unión se expresa de distintas maneras. Realizando un mismo gesto, poniendo las mismas intenciones o sentimientos, o cantando juntos.

Con el canto, ‘el misterio de la sagrada liturgia y su carácter jerárquico y comunitario se manifiesta más claramente; mediante la unión de las voces se llega a una más profunda unión de los corazones’[3]

y ‘pone de manifiesto de un modo pleno y perfecto la índole comunitaria del culto cristiano’[4]

Nuestra no es un asunto personal sino comunitario y el canto es uno de los mejores signos de nuestro común sentir. Si queremos ver esto en acción fijémonos cuando recitamos una oración que es común que cada uno la diga a su propio ritmo y no se entienda nada de lo que se dice (cada uno hace ‘la suya’) y fijémonos que con el canto esto es raro que suceda ya que el mismo ritmo y la misma melodía hace que no podamos ‘hacer la nuestra’ sin que sea muy notorio. En otro orden de cosas, esta función unitiva del canto la encontramos en el Himno Nacional, como algo que nos representa en un mismo cantar pero también en los cantos de la cancha, de las manifestaciones políticas, las marchas, una guitarreada. También recordamos que en el canto cada uno deja un poco de sí y une su voz con la de otros para incorporarse a una comunidad que se siente alcanzada por el don de Dios.

‘Creemos que la fría tristeza de un mundo congelado por el egoísmo, y por los mitos actuales de la incomunicabilidad y de la protesta, el canto litúrgico, situado en su puesto al servicio de la liturgia, puede cooperar eficazmente a encender de nuevo la llama del entusiasmo, la alegría y el fervor. Puede cooperar a que se viva con más intensidad el amor fraterno, fundiendo los corazones al unísono en la alabanza a Dios, rompiendo las barreras que hacen al hombre de hoy indiferente para con sus hermanos y haciendo comprender mejor a las almas el auténtico espíritu de la Iglesia, que es comunidad de propósitos, de intenciones y actividades.[5]

þ  El canto hace fiesta. También hay que tener en cuanta al canto como un medio que crea un clima más festivo y solemne

‘ya sea expresando con mayor delicadeza la oración o fomentando la unidad, ya sea enriqueciendo de mayor solemnidad los ritos sagrados’[6]

Siempre que hacemos fiestas cantamos, ponemos música porque es expresión de la alegría del corazón. Bien, esto ha de estar presente en la liturgia de un modo especial.

‘El canto es señal de la euforia del corazón. Incluso recuerda esta motivación el gozo que será ya pleno en la asamblea definitiva del cielo, en que la liturgia será vivida en plenitud’[7]

No podríamos decir propiamente que hemos celebrado a Jesucristo, que estamos alegres por la redención que nos alcanzó, que salimos contentos a anunciar su amor, si no hemos hecho carne, encarnado esos sentimientos y verdades en el canto.

 

þ  Función ministerial del canto. Es de fundamental importancia este papel del  canto en la liturgia. Decimos que el sacerdote es ministro, también los que extraordinariamente nos dan la comunión del Cuerpo del Señor, como también los que tienen que leer, animar o cantar; pero ahora decimos que el canto es ministro[8]. ¿Qué significa esto? La razón de ser de la música en la celebración no le viene tanto de su propia naturaleza musical o de la herencia recibida de la tradición o simplemente de su valor pedagógico: sino de la celebración misma y de la comunidad celebrante. La música y el canto tienen dos puntos de referencia: el rito y la comunidad que celebra. El canto, tiene que hacer posible este acontecimiento siempre nuevo que consiste en que esta comunidad concreta llegue a celebrar con plena verdad y sintonía. Entonces un canto será litúrgico o no si ‘sirve’ a la celebración. Esto es común con otros tipos de música (para ‘algo concreto’ baile, marcha, etc.). Acá, esta música es para que esta comunidad que está celebrando cara a Dios exprese sus sentires más verdaderos.

‘El canto no ha de ser considerado como un mero ornato que se añade a la oración, como algo extrínseco, sino más bien como algo que dimana de lo profundo del espíritu del que ora y alaba a Dios y pone de manifiesto de un modo pleno y perfecto la índole comunitaria del culto cristiano. Por ello son de alabar los grupos cristianos de cualquier género que sean, que se esfuerzan por adoptar el canto en la plegaria’[9]

Toda música (cantada e instrumental) debe ser consciente de su ministerialidad ya que de lo contrario se puede caer en abusar de ella (buscando melodías bellas en sí mismas sin atender a la finalidad del canto) o desmerecerla (tenerla como superflua ya que la finalidad del culto es la plegaria y ella resulta superflua e impropia). Tenida como servicio puede lograr una celebración más contemplativa, más orante.

 

 
 
El equilibrio: palabra canto y rito

 

 

            Hay un trinomio en la liturgia, dentro de los varios niveles que en ella encontramos que relaciona el canto con la palabra (o texto) y con la liturgia (o rito).

‘El canto sagrado unido a las palabras es parte necesaria e integrante de la liturgia solemne’[10]

La ritualidad litúrgica es una serie de complejas interacciones entre los creyentes, en los que corre hoy una gracia salvífica que brota del acontecimiento pascual de Cristo. El yo personal se coloca frente al tú divino, al tú del hermano, y al tú del celebrante. A la vez se expresa como ‘nosotros’ frente a Dios. Cada rito es un ‘juego’ de estas relaciones, pálido reflejo de las relaciones en el seno de la Trinidad.

            Siguiendo las consignas recibidas de Jesús y de la comunidad apostólica, nos servimos del gesto humano, del texto de la oración, del rito expresivo, del espacio dispuesto, para ser como plasmados y llevados a la espera del encuentro definitivo. Es en esta dinámica en la que hay que buscar la relación entre texto y melodía. La música sigue al texto para servir, ambos, de sentido al rito - acción. Rito que sirve a la asamblea en cuanto que la pone en estado de celebración, la pone en contacto con Dios, que renueva la alianza de amor.

            Los elementos que juegan en este movimiento han de estar bien trabados y coordinados para que la hagan fluir y no la obstaculicen; sería desatender a su papel ministerial. El código sonoro (hablado, cantado, vocal, instrumental, silencioso) está, por esto, en estrecha relación con otros códigos expresivos y comunicativos: los movimientos, lo visual, lo objetivo, lo espacial. La ritualidad litúrgica es el contexto indispensable para entender y estructurar el texto leído o cantado.

            En lo que refiere al texto encontramos también una relación interna entre la palabra de Dios y la de los hombres. Los textos bíblicos y litúrgicos, poéticos y de prosa, hablan hoy en un rito que es la evocación sacramental respecto de un acontecimiento originario, que es acción incondicionada. Nuestras palabras son segundas que prolongan en eco fiel la palabra primera, de la que se originan. Las palabras se convierten en ‘santas’ cuando sirven de trámite e intercambio con el Absoluto, de manera que tanto el misterio de Dios como el del hombre se abren el uno al otro y se sueldan juntos como glorificación del primero y santificación del segundo[11].

            A veces la importancia del rito pide que las palabras que lo expresan sean en-tonadas, dando lugar al canto. En el mejor de los casos, el canto es el resultado de la fuerza evocativa ya implícita en el texto, con acentuación expresiva y comunicativa. La palabra ritual - evocativa - se presta de por sí a resonar, a ‘en-cantar’. Esto supone que la palabra cantada sea oída, acogida, asimilada, compartida y reexpresada en una escucha activa, que es mucho más que una resignada tolerancia acústica.

‘Los expertos tengan cuidado que en el texto en lengua popular estén oportunamente unidas la fidelidad al texto latino (original) y la adaptabilidad al canto: en este trabajo tengan en cuenta la naturaleza y las leyes de cada lengua y la índole y las características de cada pueblo’[12]

            En nuestra civilización marcada por la sonoridad martillante - la cultura del ruido - existe el riesgo de sofocar la capacidad expresiva del canto y la experiencia de hacer música. Esto quizás sea un motivo de alguna desorientación en lo que hace al canto litúrgico.

 

‘La tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable, que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la liturgia solemne. En efecto, el canto sagrado ha sido ensalzado tanto por las Sagradas Escrituras (Ef 5,19; Col 3,16) como por los santos padres, los romanos pontífices, los cuales, en los últimos tiempos, empezando por San Pío X, han expuesto con mayor precisión la función ministerial de la música sacra en el servicio divino. La música sacra, por consiguiente, será tanto más sacra cuanto más íntimamente esté unida a la acción litúrgica, ya sea expresando con mayor delicadeza la oración o fomentando la unanimidad, ya sea enriqueciendo con mayor solemnidad los ritos sagrados. Además la Iglesia aprueba y admite en el culto divino todas las formas de arte auténtico que estén adornadas con las debidas cualidades.’[13]

 

 

Algunas pistas pastorales y culturales pueden ser las siguientes.

¨    Escoger y evaluar una pieza litúrgico - musical no puede ser sobre parámetros exclusivamente musicales (una melodía agradable). Debe tener en cuenta la calidad y el tratamiento del texto  y su funcionalidad concreta en la acción ritual concreta.

 

¨    El funcionamiento ritual de una pieza cantada depende también  de las dotes intrínsecas del texto mismo y de la melodía y de la colocación en el contexto celebrativo apto. Hay cantos típicos para algunos momentos rituales en lo que hace al momento, al modo y al contenido del canto.

 

¨    Algunos cantos constituyen un rito o un acto de por sí, son signos directamente sacramentales en el ámbito de cada una de las celebraciones (Gloria, Salmo, Santo, etc.) y algunos simplemente acompañan el rito (entrada, ofertorio, Cordero, etc.).&

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