Max Thurian nació en Ginebra en 1921. Realizó estudios teológicos en el seno de la Reforma calvinista.
Observador en el Concilio Vaticano II y artífice del diálogo teológico ecuménico. Convirtió al catolicismo y fue ordenado sacerdote católico en 1987


 

LA LITURGIA

ES UNA

FIESTA

 

 

Max Thurian

 

La Belleza

 

 

El culto  del templo de Jerusalén era de enorme belleza.

El A.T. ha entendido que la belleza, categoría del espíritu humano, podía ser el signo de la gloria de Dios y de la majestad de su Dios.

La verdad divina, aún cuando a veces puede traducirse en la enfermedad de la expresión y de la forma, tiende siempre a manifestarse con toda la belleza posible. La belleza es el esplendor de lo verdadero.

Ciertamente el ritual del templo y su belleza han sido abolidos por Cristo, pero la belleza continúa siendo el signo de la gloria que se canta al Señor.

¿Hay algo más bello que la liturgia celestial del Apocalipsis? Si las formas han cambiado, como el mensaje que transmiten, la belleza continua caracterizándolas.

A Dios le gusta manifestarse a través de las cosas hermosas, su creación , su templo, su culto… Para el salmista la belleza de Dios se manifiesta a través de su santuario; para nosotros, la liturgia de la Iglesia debe hacernos presentir la perfecta belleza de la vida cristiana.

"Una sola cosa le he pedido al Señor, y esto es lo que quiero: vivir en la Casa del Señor y contemplar su Templo" (salmo 26,4)

Manifestar el poder de Dios por medio de la belleza, es decir a Dios el amor y la gratitud de su Iglesia, ofreciéndole un sacrificio digno de su gloria.

¿Cómo podría una comunidad consciente del propio culto y de la realidad trascendente, aceptar recibir a su Dios en la Palabra y en los Sacramentos descuidando el ambiente en el que se reúnen, el orden, la belleza de la iglesia y la liturgia?

Así, la belleza es parte de la revelación de Dios, porque El se nos manifestó en su esplendor y en su gloria; ella es también parte de la gratitud de la Iglesia, porque ésta no podría sacrificar a Dios, sino lo que tiene de más bello y mayor valor, como María ungió los pies de Jesús con perfumes de nardo finísimo que era de gran valor (Jn 12,3).

La Iglesia debe simplemente aceptar la belleza, alegrarse y dejarse alegrar en ella para la edificación de los hermanos y dar gloria a Dios. En la medida en que la belleza manifiesta los maravillosos tesoros espirituales que están en Dios y en su Palabra, en la medida en que la Iglesia es edificada y no desviada, la belleza de las iglesias y de la liturgia es algo deseable.

Si ella traduce los sentimientos de alegría, de gratitud, de adoración de los fieles, si ayuda y sostiene su piedad, la belleza de las celebraciones es plenamente deseable.

Tenerle miedo sería una prueba de espiritualismo ajeno a la Biblia. Porque Dios se manifiesta siempre en nuestras categorías humanas, su esplendor eterno se encarna en la belleza de las cosas. Aceptar con alegría que la Iglesia y las celebraciones sean bellas, es aceptar las exigencias y las leyes de la encarnación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Simplicidad

 

 

El límite que se debe dar a las manifestaciones de la belleza en el culto, es una palabra, la simplicidad.

Cuando la belleza no está presente, sino para la simplificar la gloria de Dios y la piedad de la Iglesia, entonces, todo es simple, esencial, de buen gusto.

Así la simplicidad es signo del uso legítimo en el culto. Belleza y simplicidad se equilibran.

Si la belleza es el esplendor de lo verdadero, todo lo que no es verdadero en el culto, no es bello para el culto. Y toda verdad es simple.

El culto verdadero, el culto racional (se trata de la razón trascendente, de la Sabiduría de Dios) no puede ser sino bello y simple.

Para que la liturgia sea simple, es necesario que cada elemento sea indispensable.

Hay que hacer intervenir un criterio de utilidad en el sentido vulgar y material.

Es indispensable que cada elemento del culto responda a una necesidad espiritual o material.

Son necesarios, palabras, gestos, colores, objetos que formen parte del mensaje que Dios dirige a su Iglesia, o de la piedad de ésta por su Dios.

Todo lo que es Palabra de Dios, todo lo que habla de Dios o edifica es legítimo; legítimo es todo lo que es entrega y sacrificio de los fieles. Simplicidad de las cosas, simplicidad de los corazones.

El culto podría hacer creer que se trata de algo grave y serio, que sólo una solemnidad histórica debe caracterizar la actitud de la Iglesia.

El Dios de Jesucristo, que se adora en la oración, no solamente el Santo, el Eterno, el Omnipotente; es nuestro PADRE.

Por tanto hemos de acercarnos a El, con la simplicidad de los hijos.

Cada fiel debe sentirse en su propia familia.

El culto en algún modo, es una FIESTA DE FAMILIA, y todo debe ser muy simple y espontáneo.

La concepción entre una liturgia de las celebraciones y una concepción espontánea no debe existir en una iglesia cristiana verdaderamente comunitaria.

La forma fija de la oración es indispensable para asegurarle el carácter objetivo y permanente, los elementos espontáneos para concederle la actualidad.

Pero, tanto en la lectura o en el canto de los textos fijos, como en la oración espontánea, la simplicidad de la actitud y del tono deben ser los signos de la gran libertad de los hijos de Dios.

Aún permaneciendo estrechamente ligado a las palabras de los textos, el celebrante, con su simplicidad, debe ser el canal por medio del cual la liturgia se llena del Espíritu.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La  Alegría

 

 

He aquí el carácter culminante del espíritu litúrgico. Una oración sin alegría es una injuria a Dios. ¡Cómo! Jesucristo está presente, se da a los suyos, les promete que ha de venir a buscarlos para hacerlos participar de su alegría y de su gloria; y la oración se arrastra, lánguida, triste, mortecina, como una procesión de almas en pena…

¡ La oración es una Fiesta maravillosa !

Imaginemos una familia, cruelmente golpeada por un luto, a la cual se le prometiera que todos los días, a la hora de comer, el desaparecido estará presente, invisiblemente, entre los suyos para escucharlos y consolarlos.

Todavía más, que un día, no se sabe cuando, reaparecerá visiblemente para no ser  nunca más quitado a aquellos que lo aman.

¡Con que prisa, con qué febril alegría se sentarán a la mesa cada día!

Con qué esperanza se esperará el día bendito en que estará visiblemente presente.

Alegría de la presencia y de la espera. Alegría serena de la presencia de aquel que todavía no está aquí.

Y esta alegría no puede quedar sólo en el interior; cuando se espera un milagro, cuando se espera a alguien amado, se le dice al vecino, nos alegramos con él, se canta y se bendice al Señor.

Y es en este transporte a la alegría donde el culto cristiano adquiere todo su valor. Alegría que se expresa y se manifiesta.  Alegría que crea la comunidad y la invita a la adoración.

Si tal es el culto cristiano, la gente debe querer apurarse. La felicidad atrae tanto a los hombres.

Entonces la Iglesia no pedirá más que una cosa al Señor y esto buscaré "Vivir en la casa del Señor todos los días…"

La liturgia será para ella como el latido del corazón, esencial a la vida, a su felicidad, a su gloria.

"Y llegaré al altar de Dios, el Dios que es la alegría de mi vida;

y te daré gracias con la cítara, Señor, Dios mío" (salmo 42,4).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

creatividad y espontaneidad

en la liturgia

Max Thurian

 

 

Es asombrosa la necesidad de creación y espontaneidad existente en la Iglesia católica romana de hoy. En efecto, En efecto, durante numerosos siglos la liturgia romana no tuvo, por ejemplo, más que una sola oración eucarística, coloreada por una quincena de prefacios propios. Desde hace algunos años, los sacerdotes tienen cuatro cánones para escoger y el misal contiene ochenta y dos magníficos prefacios, sin contar los innumerables formularios de oraciones propias, lecturas variadas, misas votivas y rituales. Es como si esta inmensa riqueza de textos, adaptados a todas las circunstancias, en vez de satisfacer las distintas necesidades, excitara el gusto del cambio por el cambio, enfermedad de nuestro tiempo. ¿Seremos víctimas del consumismo?

Tratemos de definir y delimitar esta necesidad litúrgica moderna. Algunos querrían que se dejase a cada sacerdote la posibilidad de crear de antemano o de improvisar sobre la marcha oraciones, prefacios u oraciones eucarísticas, e incluso de sustituir las lecturas bíblicas por un texto de algún autor moderno o algún artículo de periódico. El protestantismo más liberal nunca ha sido tan exagerado. Felizmente, no todos van tan lejos. Otros desearían poder rechazar la liturgia propuesta para dar un texto más actual e impactante para el hombre de hoy. Los lugares previstos por la liturgia, para una creación y actualización legítima, recogidos en la carta del 27 de abril de 1973 de la Congregación para el Culto Divino, Eucharistiae participationem, son: introducción, monición al acto penitencial, introducción a las lecturas, homilía, oración universal, introducción a la oración eucarística antes del prefacio, monición al padrenuestro y conclusión de la misa.

Según la disciplina de la Iglesia son, pues ocho los momentos de la liturgia eucarística en que puede haber creación y actualización. Esto es muy importante. ¿No es suficiente para no convertirla en una charla aburrida y fatigante? Por mi arte, estoy seguro que muchos fieles preferirían más momentos de silencio, en que tendrían posibilidad de una oración interior, que las exhortaciones incesantes y las oraciones fabricadas, difíciles de seguir, homilías-discursos que nunca terminan y que dan la impresión de aviones dando vueltas buscando un lugar para aterrizar.

Los cristianos de hoy tienen sed de oración sobria y de contemplación auténtica. La liturgia sencilla propuesta por la Iglesia, rodeada de silencio, va mejor que las creaciones clericales de celebrantes individualistas, más inclinados a reflejar sus ideas que a ayudar a sus hermanos a mirar el rostro de Cristo crucificado y resucitado.

Hablamos ahora no de los lugares en que la disciplina permite la creación, sino de los textos propuestos; por ejemplo, las oraciones, el prefacio, la oración eucarística, etc. Para poder crear estos dominios es necesaria una formación teológica y litúrgica muy profunda. Estas oraciones tienen una estructura precisa y transmiten una doctrina que no se puede inventar individualmente.

Tomemos, por ejemplo, la plegaria eucarística, que obedece a un estilo y se construye sobre un modelo necesario a la fe eucarística, que no permite crear muchos más formularios que los que hemos presentado.

Es necesaria una acción de gracias al estilo de la berkah judía, bendición por las maravillas de Dios. ¿Quién podría hacer algo mejor que los ochenta y dos prefacios actuales? La epíclesis consagratoria no puede variar mucho. La institución, para poder ser dicha de memoria, ha de ser siempre parecida. La anamnesia cita los hechos del misterio de Jesucristo. La oblación une la ofrenda de la Iglesia al único sacrificio del Salvador presente en memorial. La epíclesis sobre la Iglesia se sigue de las intercesiones que concluyen en la doxología final. Esta estructura necesaria limita naturalmente

La creación en las oraciones, prefacios y canon sólo sería labor de sacerdotes muy formados, de un pequeño número de especialistas que tendría el don de esta creación. Habría una elite de liturgistas, y los demás se tendrían que contentar con los textos oficiales, que serían como un remedio para que salgan del paso los que no tienen el don de la creatividad. ¡Curiosa concepción de la liturgia de la Iglesia! También podría pasar que todos ensayarían, mal o bien, sus oraciones, adaptándolas a sus comunidades y degradando la liturgia, que se convertiría en una verborrea piadosa sin solidez doctrinal y sin carácter universal.

Una de las funciones esenciales de la liturgia es la edificación de la comunidad cristiana en la Iglesia, Cuerpo de Cristo.

La liturgia tiene carácter formador. Por ella, la Iglesia transmite el Evangelio de Cristo en toda su riqueza y diversidad. La liturgia es una de las tradiciones vivas por la que la palabra de Dios se comunica a los hombres para transformarlos. Una creación individual forzosamente limita la doctrina de algunos temas queridos por el “creador litúrgico”. Habrá sacerdotes que dirán siempre “liberación” cuando encuentren las palabras “salvación” o “redención”. Y se puede entender así siempre y cuando que no se limite la obra de Dios al bienestar terrestre. Otro evitará decir “ángeles” o “gloria” de Dios para hablar casi exclusivamente de la “pobreza” y “debilidad” del Hijo del hombre, al que llamarán “nuestro hermano” más que “nuestro Señor”. Así podríamos continuar. ¿No hay en todo esto un empobrecimiento del mensaje bíblico? La liturgia tiene un carácter comunitario, es la acción de un pueblo. Los textos, madurados por la experiencia de toda la Iglesia, que se nutre de toda la Palabra de Dios a través de los siglos, son portadores de una savia vivificante adecuada para hacer crecer la comunidad cristiana. La liturgia representa una experiencia única de oración contemplativa del pueblo de Dios, de la que nadie tiene derecho a privar a los miembros de la Iglesia. La creación personal de un celebrante es, a veces, una manera de despojar de una herencia a la que los fieles tienen derecho por su familia, la Iglesia universal, la comunión de los santos. Los problemas de creación litúrgica son a menudo cosas del celebrante más que necesidades de la comunidad. Hay una forma de clericalismo en la libertad que se toman algunos celebrantes con la liturgia del pueblo de Dios. Muchos cristianos podrían decir que esas “cosas” litúrgicas no les interesan porque son problemas que se crean los sacerdotes. “Nosotros queremos  –dirían– participar en una oración auténticamente vivida por una comunidad y un sacerdote, que creen verdaderamente en lo que dicen y lo manifiestan”. Esto es respetar al pueblo de Dios, que transmite la experiencia viva de los santos que vivieron en amistad con Cristo, herencia a la que tienen derecho y que les hará vivir más auténticamente que las pequeñas experiencias personales.

La liturgia tiene un carácter contemplativo. Dirige su mirada y su corazón al rostro de Cristo. Se esfuerza más en pintarlo y representarlo que en explicarlo y razonarlo, pues las creaciones son la mayor parte el tiempo didácticas; cuando se piensa que una oración es pobre de sustancia, se la carga de consideraciones explicativas y didácticas. La oración, entonces, en lugar de reunir a la comunidad, orientándola a la contemplación de Dios, propone una reflexión mejor o peor construida que repliega al fiel sobre sí mismo en vez de abrirlo a la trascendencia. El protestantismo liberal vio florecer (por decirlo de alguna manera) las oraciones didácticas y moralizantes donde se hablaba más a los hombres y a uno mismo que a Dios. He oído oraciones que seguían a una homilía en las que se repetía lo que se acababa de decir con otro estilo; es como si la predicación se tuviera que decir otra vez bajo la forma de una oración

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