MISTERIO DE FE - SACRAMENTO DE AMOR
Bajo este título encontrarás la charla del Pbro. Dr. Andrés F. Di Ció, en nuestro XXXII Encuentro de Estudios realizado en Buenos Aires del 17 al 20 de Junio de 2019.


Misterio de fe, sacramento de amor
Esbozo de una teología de la eucaristía

1. Introducción

La eucaristía se encuentra, junto con la Santísima Trinidad, en el corazón de la fe cristiana.1 En lo que sigue abordaremos de manera sumaria este misterio. Proponemos para ello tres tríadas: 1. presencia, sacrificio, comunión; 2. pasado, presente, futuro; 3. creer, celebrar, vivir. 


No obstante, antes de emprender el recorrido, recogemos una enseñanza del teólogo francés François-Xavier Durrwell. “La eucaristía invita imperiosamente a la teología a que se forje su propia lógica, que es teológica, que parte del misterio”.2 Por más luminosas que sean las prefiguraciones bíblicas, así como ciertas experiencias humanas elementales, el sentido último de la eucaristía no es otro que Cristo. “El punto de partida de la reflexión sobre la eucaristía está en el misterio del que ella es sacramento. La clave de comprensión está en casa; la puerta se abre desde dentro”.3 Con estas palabras Durrwell llama la atención sobre la necesidad de contemplar la eucaristía, ante todo, desde su mismo centro: la pascua de Jesús. Intentaremos, por tanto, seguir su consejo.


2. Presencia – Sacrificio – Comunión

Estando en Jerusalén, ante la inminencia de su entrega definitiva, Jesús celebra la última cena con sus discípulos en el marco de la pascua judía. Esta comida se distingue de las demás por diversos motivos: ante todo, por la solemnidad que emana de la pascua; luego, por el carácter testamentario que se hará evidente con la muerte próxima; finalmente, por la novedad propia del rito que Jesús realiza. Estas tres notan son inseparables: en la eucaristía Jesús nos deja como testamento su propia pascua.

Las cuatro narraciones de la institución eucarística –Mateo, Marcos, Lucas y Pablo– coinciden en que Jesús “tomó el pan” diciendo “esto es mi cuerpo”.4 Respecto de la sangre las tradiciones divergen: Mateo y Marcos afirman que Jesús identificó el cáliz, o más bien el vino contenido en el cáliz, con su sangre;5 mientras que Lucas y Pablo sostienen que la identificación del cáliz es con la nueva alianza sellada con la sangre de Jesús.6Lo verdaderamente decisivo es que Jesús estableció en la última cena un nuevo modo de presencia.7 Sin embargo, ante un don tan grande no faltan quienes se escandalizan (cf. Jn 6,41-61). Pero la Iglesia ha mantenido siempre su fe en la presencia real.8


“Si fue él mismo quien dijo sobre el pan: Esto es mi cuerpo, ¿quién se atreverá en adelante a dudar? Y si él fue quien aseguró y dijo: Esta es mi sangre, ¿quién podrá nunca dudar y decir que no es su sangre? Por lo cual estamos firmemente persuadidos de que recibimos como alimento el cuerpo y la sangre de Cristo”.9

En tiempos no muy lejanos, el Papa Pablo VI debió confirmar esta antigua doctrina de la presencia real de Cristo en la eucaristía. Entre muchos textos preciosos ofrecidos en la encíclica Mysteriumfideirescatamosdos, el primero de Teodoro de Mopsuestia, el segundo de san Ambrosio: 


“Porque el Señor no dijo: Esto es un símbolo de mi cuerpo, y esto es un símbolo de mi sangre, sino: Esto es mi cuerpo y mi sangre. Nos enseña a no considerar la naturaleza de la cosa propuesta a los sentidos, ya que con la acción de gracias y las palabras pronunciadas sobre ella, se ha cambiado en su carne y sangre”.10

“Convenzámonos de que esto no es lo que la naturaleza formó, sino lo que la bendición consagró (…) Por lo tanto, la palabra de Cristo, que ha podido hacer de la nada lo que no existía, ¿no puede acaso cambiar las cosas que ya existen, en lo que no eran? Pues no es menos dar a las cosas su propia naturaleza, que cambiársela”.11

Quizás no esté de más aclarar que la mención que Jesús hace de su cuerpo y de su sangre no debe entenderse en sentido meramente fisiológico, sino como alusión a su completa humanidad. La antropología bíblica es profundamente unitaria, de modo que no concibe la separación griega –nunca del todo superada– entre cuerpo y alma (y espíritu).12 Por eso la Iglesia afirma que en la eucaristía está presente todo Cristo: cuerpo, sangre, alma y divinidad.13


La misma dinámica del misterio nos pide dar un paso más. El cuerpo y la sangre que Cristo nos deja en la eucaristía es el sacramento de su pascua. Esto significa que la eucaristíano constituye una presencia cualquiera sino una presencia sacrificial.14 Basta escuchar a Jesús: el cuerpo se entrega, la sangre se derrama.15 En ambos casos se trata de una ofrenda, de una acción en favor de otros: por muchos, por ustedes. La clave está en la preposición “por” – perí en Mateo; hyper en Marcos, Lucas y Pablo.


En la cruz Jesús ocupa nuestro lugar: el justo por los pecadores, el inocente por los culpables. él acepta por amor ser contado entre los malhechores, cumpliendo así la profecía de Isaías: “herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. él soportó el castigo que nos trae la paz” (Is 53,5; cf. 53,12, Lc 22,37). Pablo dice lo mismo con un lenguaje fuerte, extremadamente audaz: “Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose él mismo maldición por nosotros” (Ga 3,13). Y también: “A quien no conoció pecado, [Dios] le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Co 5,21). La eucaristía trata de este misterioso y admirable intercambio, que no debe entenderse de forma aislada, meramente coyuntural, sino como la misión que rige toda la vida de Jesús.16La Carta a los Hebreos ofrece al respecto un testimonio contundente al presentar la encarnación, y todo lo que ella conlleva, en términos litúrgicos.


“Por eso, Cristo, al entrar en el mundo dice: No quisiste sacrificio y oblación, pero me formaste un cuerpo. No fueron de tu agrado los holocaustos ni los sacrificios por el pecado. Entonces dije: «Aquí estoy, yo vengo –como está escrito de mí en el rollo del libro- para hacer, Dios, tu voluntad»” (Hb 10,5-7).

En este pasaje la encarnación misma es presentada como un sacrificio de obediencia. Por ende, la pascua de Jesús no es otra cosa que la culminación de una existencia enteramente abierta: servidora de los hombres en la docilidad al Padre (pro-existencia).17Estamos llamados a contemplar su entrega a los hombres en el marco de otra entrega fundante: la entrega al Padre que constituye el centro mismo de su identidad (cf. Jn 1,1: pròstòntheón). Por eso Jesús muere como vive, de cara al Padre, por él y para él. Recordemos sus últimas palabras en la cruz según el evangelio de Lucas: “En tus manos Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46, cf. Sal 31,6).


El rito de la cena ilumina el acontecimiento de la pascua, y viceversa. Este desdoblamiento del misterio se corresponde con la celebración de la pascua hebrea, desarrollada “en dos momentos y en dos lugares diferentes: la inmolación en el templo y la cena en las casas”.18En torno a este desdoblamiento es posible comprender la distinta datación de los evangelios. Mientras que para Juan la pascua coincide con la inmolación de Jesús, en el caso de los Sinópticos la pascua coincide con la última cena. Por decirlo en otras palabras, “Juan acentúa la inmolación real (la cruz), mientras los Sinópticos acentúan la inmolación mística (la cena)”.19Pero siempre se trata de la inmolación de Cristo cordero, quien derrama su sangre para blanquear los corazones pecadores (cf. Jn 1,29.36; Ap 5,6; 7,14).20 

La pascua de Cristo realiza la purificación que los sacrificios de la antigua alianza no podían ofrecer (cf. Hb 7,25-28). La eficacia del sacrificio de Jesús reside en un binomio inseparable: quién es y cómo se entrega. Por su condición de Hijo amado, el Inocente se entrega en libertad, en plena conformidad con el Padre y el Espíritu, obrando así amorosamente el designio trinitario de salvación. La reconciliación acontece por esta confianza filial extrema que vence el temor, la angustia, la tentación de no obedecer. La pascua es por tanto el triunfo de la comunión filial, no solo en la muerte sino también en la resurrección. En su perfecta obediencia, en su amor de Niño, Jesús se entrega sin condiciones al Padre, quien a su vez lo rescata del abismo (cf. Hch 2,22-24; Hb 5,7). La resurrección es entonces el sello de la nueva alianza, la garantía de que el puente no está roto, la liberación definitiva del pecado y de la muerte. En Jesús queda restablecido plenamente el diálogo de amor entre Dios y los hombres; y de eso es signo la eucaristía. 

Con ello llegamos al tercer componente de la tríada inicial: la comunión.San Agustín dice que “sacrificio verdadero es toda obra hecha para unirnos a Dios en santa sociedad”.21La pascua de Jesús es el sacrificio de la nueva alianza, de la reconciliación perfecta. La eucaristía es por tanto el sacramento de la indestructible comunión, fundada en Cristo, entre Dios y los hombres.El fruto de la pascua es la efusión del Espíritu Santo,por quien llamamos a Dios: ¡Padre! (cf. Rm 8,15).22 Recordemos, sin embargo, que en tanto hijos de un mismo Padre la celebración de la eucaristía consolida en nosotros, simultáneamente,la fraternidad. Sobre esta comunión “horizontal” hablaremos más adelante.

La eucaristía es la entrega que Jesús hace de sí mismo en el pan y el vino consagrados. Se pone a disposición,se hace comida y bebida regalándonos así un signo de su presencia pascual, un modo eficaz de actualizar y acrecentar nuestra amistad con él. Pero no se ha de olvidar que comulgar con Jesús implica siempre abrirse al Padre y al Espíritu, es decir, a la comunión trinitaria que es el origen y el término de todo lo creado. En la eucaristía entramos en el misterio de Jesús, tanto como él entra en nosotros.
 Esta mutua imbricación es un don inestimable de su amor. “Lo que Jesús da de comer a sus discípulos es el pan de su obediencia y de su amor por el Padre”.23La eucaristía robustece así la dinámica cristiana de la filiación divina: ser hijos en el Hijo. En el sacramento del altar se nos ofrece la “permanencia” y la “unidad” propia del amor trinitario. 


“Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor” (Jn 15,9-10).

“Que todos sean uno; como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros” (Jn 17,21).

Contamos con diversas imágenes para comprender mejor la eucaristía en tanto comunión. La primera apela al proceso que caracteriza la nutrición. San Agustín lo expresa de forma maravillosa en sus Confesiones, aun cuando no piense concretamente en el sacramento. “Me pareció oír tu voz que venía del cielo: «Yo soy manjar de adultos. Crece y me comerás. Pero no me transformarás en ti, como asimilas corporalmente la comida, sino que tú te transformarás en mí»”.24 La segunda apela al ámbito de la medicina, donde se practica la transfusión de sangre como una manera de infundir vida (cf. Lv 17,11). Beber la sangre de Jesús es participar de la vida de Dios, dejar que corra literalmente por nuestras venas el amor de Jesús en una suerte de magnífica diálisis espiritual.25Por eso, en cierto sentido, solo experimenta bien el misterio de la comunión eucarística quien se acerca al altar como un desahuciado. Así lo expresa el poeta argentino Héctor Viel Temperley: “Vengo de comulgar y estoy en éxtasis, aunque comulgué como un ahogado”.26También podría haber dicho: porque comulgué como un ahogado. La tercera imagen apela ala lógica matrimonial, según la cual los esposos se entregan el uno al otro a fin de ser una sola carne. En la eucaristía Cristo es el Esposo que en su noche de bodas se entrega a la Iglesia: “tomen, esto es mi cuerpo” (Mc 14,22). La eucaristía es el sacramento de la alianza nupcial entre Dios y los hombres, entre Cristo y su Iglesia.27


3. Pasado – Presente – Futuro

En relación al tiempo, la eucaristía es sacramento del pasado, del presente y del futuro. Encontramos una primera aproximación a este misterio en la Carta a los Hebreos: “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y lo será siempre” (Hb 13,8). Por su condición divina-humana la misión de Jesús no queda presa del pasado sino que permanece siempre viva, lo cual se ha vuelto evidente con su resurrección. La pascua es la plenitud de la encarnación como misterio por el cual Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, ejerce su soberanía sobre la historia universal. él es el alfa y la omega, el principio y el fin: “a él pertenecen el tiempo y la eternidad”.28


Ya Israel había entendido que la salvación de Dios tiene una temporalidad propia. Por eso las intervenciones divinas no se consideran como meros hechos del pasado, sino como gracias que permanecen a lo largo de la historia, como puertas siempre abiertas a las que uno accede por la fe. Y es en este horizonte que debe entenderse el “memorial”. Con esa palabra se designan ritos, objetos y hasta el mismo Nombre divino, los cuales se distinguen por su capacidad para “hacer presente la realidad que conmemora[n]”.29 En virtud de esta convicción la celebración de la pascua no es para Israel el recuerdo subjetivo de un episodio remoto, sino la actualidad objetiva de un acontecimiento que permite la renovada experiencia del poder liberador de Dios. El memorial hace posible una misteriosa contemporaneidad con los gestas salvíficas, así como con los protagonistas de antaño, de modo tal que la historia sagrada implique a los hombres de todos los tiempos.

La eucaristía se inscribe en este género de memoria salvífica que es el memorial. “Hagan esto en memoria mía” (Lc 22,19). Celebrar la misa es evocar, en el sentido fuerte del término, no solo la última cena sino la misma pascua de Jesús. Es una re-presentación del misterio, una actualización del don divino en el hoy litúrgico de la Iglesia (cf. CCE 1165).30 Por eso decimos que en la eucaristía se hace verdaderamente presente el sacrificio redentor que restablece toda comunión. Sin embargo, como en Jesús se anuda toda la historia, afirmamos que en cada misa la Iglesia “hace memoria de lo que Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo– ha hecho y hace por la humanidad entera, desde la creación hasta la «nueva creación» en Cristo, en la espera de su regreso al final de los tiempos cuando recapitulará en sí todas las cosas”.31

En tanto sacramento de la pascua, la eucaristía hace presente la muerte y la resurrección de Jesús. Esta presencia no solo se esclarece –como ya se dijo– a la luz de la persona de Cristo o del memorial litúrgico sino también por la peculiaridad misma del acontecimiento pascual. En efecto, la dinámica propia de la muerte y la resurrección dan a entender que ellas no queden ancladas en el pasado, sino operantes en un presente cargado de futuro.

Por de pronto, la muerte de Jesús no responde primeramente a la lógica de la violencia sino del amor. De eso da cuenta la última cena al anticipar ritualmente su entrega libre, obediente al Padre, de modo que la explicación última de la cruz no está tanto en la miseria humana como en la misericordia divina. Jesús muere rezando, encomendando su vida al Padre en un acto de comunión. Eso hace que la muerte quede transformada en su centro, al punto de no ser ya el fin sino un nuevo comienzo. Su vida (junto con su muerte) es rescatada por el Padre, en quien se confía de manera incondicional. En otras palabras, por ser esencialmente ofrenda, la muerte de Jesús lleva en sí el germen de la resurrección. Como dice san Pablo, “el amor no pasará jamás” (1 Co 13,8).

La resurrección, por su parte,es el triunfo del amor, de la confianza que el Hijo tiene en su Padre, el cual rescata a Jesús del abismo por la fuerza del Espíritu Santo. Se trata de un hecho histórico y a la vez meta-histórico. La vida nueva irrumpe de tal modo que la historia se abre a una nueva dimensión. En Jesús resucitado el tiempo queda inserto como nunca antes en la eternidad de Dios, y así también transfigurado.La resurrección es la radicalización de la encarnación, de aquella “plenitud del tiempo” (Ga 4,4) inaugurada por el ingreso del Eterno en la historia. Por tanto, celebrar la pascua en la eucaristía significa encontrar sintetizadas las tres dimensiones del tiempo: “ella evoca el pasado salvífico, actualizándolo en el presente, y es profecía de su cumplimiento final escatológico”.32

Con su habitual claridad santo Tomás enseña que todo sacramento “es signo conmemorativo del pasado, o sea, de la pasión de Cristo; es signo manifestativo del efecto producido en nosotros por la pasión de Cristo, que es la gracia; y es signo profético, o sea, preanunciativo de la gloria futura” (STh III 60, a3 sol).33La Iglesia celebra la eucaristía en tensión hacia la consumación de la historia. El pasado de Jesús es un presente que nos impulsa al futuro. Esto queda de manifiesto en la misa, al término de la consagración, cuando la asamblea exclama: anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección: ¡Ven Señor Jesús!34 La eucaristía es el verdadero maná, el pan del cielo que Dios nos regala para confortarnos en nuestra condición peregrina. En ella gustamos la realidad de Cristo, pero sacramentalmente, en signo, veladamente, lo cual implica un sosiego inquieto: el encuentro con Cristo sacia pero a la vez despierta un hambre mayor, la sed de una comunión más plena que sólo será colmada en el cielo –aunque también allí bajo la dinámica del Dios siempre mayor, según aquello de san Gregorio de Nisa: “de principio en principio hacia el principio que no tiene fin”.35


4. Creer – Celebrar – Vivir 

La tercera tríada la tomamos de la Exhortación postsinodal de Benedicto XVI Sacramentumcaritatis (2007). La progresión supone una pedagogía del misterio cristiano consagrada en la estructura misma del Catecismo de la Iglesia Católica.En primer lugar está la fe como adhesión a la revelación de Dios en Cristo; luego la liturgia como celebración que actualiza el encuentro fundante de nuestras vidas; finalmente el obrar concreto de quien sigue a Cristo como discípulo. Presentaremos entonces brevemente qué implica la eucaristía para el cristiano en esta triple dimensión: la fe (kerygma), el culto (leitourgía),la praxis (diakonía).36


En la eucarística se compendia toda la fe cristiana: la Trinidad, Cristo y la Iglesia.37Ella es el corazón de la liturgia, que a su vez es la cumbre y la fuente de la vida eclesial.38 Con razón se la señala en la misa como “el misterio de la fe”.Y es natural que la mente humana se sienta desafiada ante semejante don de amor: tanta grandeza en una manifestación tan pequeña. Por otra parte, en su sencillez, la eucaristía ejerce la fascinación de la concreción sacramental. Cristo nunca fuerza sino que invita. “Yo estoy a la puerta y llamo. Si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Ap 3,20).


Todos podemos comprender la dificultad que supone creer en la presencia eucarística de Jesús. Ya el Evangelio da cuenta de las resistencias suscitadas a raíz de la predicación de Jesús. “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?” (Jn 6,52). Lejos de suavizar el mensaje el Maestro dobla la apuesta con una enseñanza aun más explícita, a tal punto que “muchos de sus discípulos decían: «¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo!»”(Jn 6,60). En no pocos oyentes la reacción cobra forma de escándalo y murmuración. Entonces el evangelista comenta: “Desde ese momento muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo” (Jn 6,66).


Es justo que la razón se esfuerce lo más posible por comprender, que busque luces que la alejen del error. No obstante, es necesario saber que la fe en la eucaristía nunca podrá dirimirse en el terreno de la sola razón sino en el de la confianza, que es amor. La razón podrá a lo sumo mostrar convergencias de sentido, reconociendo así el atractivo de la propuesta, pero siempre habrá un margen de riesgo que debe ser asumido por la libertad. Ese riesgo es inevitable: corre tanto para la fe como para la incredulidad. La opción de la Iglesia es mantenerse firme a lo largo de los siglos junto a Pedro, en su confesión modesta pero certera: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios” (Jn 6,68-69). En este misterio, como en todos los demás, elegimos dar la prioridad a la palabra de Jesús antes que a nuestras impresiones. Santo Tomás lo ha dicho de modo genialcon su característica síntesis: que la fe supla la falla de los sentidos – praestetfidessupplementumsensuumdefectui.39Esta célebre fórmula del himno Pangelingua es semejante a otra del Adorote devote:


Visus, tactus, gustus in te fallitur, En ti fallan la vista, el tacto, el gusto,
sedauditu solo tuto creditur. pero basta el oído que lo cree todo.
Credo quidquid dixit Dei Filius: Creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios:
nil hoc verbo Veritatisverius. nada es más verdadero que esta palabra de Verdad.40 


En síntesis: la eucaristía es el misterio de la fe no solo por la riqueza que contiene (fidesquae) sino por el tipo de adhesión que exige (fides qua). Jesús se hace presente en la humildad del pan, corriendo el riesgo de ser ignorado o, peor aún, despreciado. Y dado que este sacramento conlleva un doble ocultamiento, tanto de la divinidad como de la humanidad, es justo decir que a él le corresponde “la perfección de la fe”.41


El cristiano no solo cree en la eucaristía sino que la celebra.Entre ambas acciones existe una relación intrínseca: “la fe se expresa en el rito y el rito refuerza y fortalece la fe”.42La Iglesia ha consagrado esta circularidad desde antiguo mediante el adagio latino lexorandi, lexcredendi.43Pues la inteligencia de la fe no es esencialmente distinta de la acción litúrgica, sino que ambas tratan de la misma verdad, de la misma belleza.44Sin embargo, no podemos ignorar la importancia del arscelebrandi a fin de que la belleza del misterio de Dios, particularmente de la eucaristía, sea experimentada como acontecimiento de salvación. Siempre es bueno recordar que la liturgia responde a la lógica de alianza, según la cual la libertad humana tiene su lugar acogiendo en mayor o menor medida la gracia gratuitamente concedida.


Es mucho lo que podría comentarse respecto de la celebración de la eucaristía. Empero, solo nos concentraremos en algunos de sus elementos significativos. Comenzamos con la acción de gracias: la eujaristía.

Celebrar la misa es entrar en la oración de Jesús que alaba al Padre, fuente de toda bendición (cf. Mt 11,25-27).Haciendo memoria de la última cena la Iglesia eleva su plegaria, más aun, se eleva ella misma por Cristo, con él y en él. La ofrenda del Hijo al Padre, en la unidad del Espíritu Santo, hace posible la ofrenda de la Iglesia, pero no de modo cansino sino más bien exultante, agradeciendo de corazón el inescrutable designio dela misericordia divina (creación-redención-consumación). Otro elemento significativo es la fracción del pan, signo elocuente de la entrega de Jesús. Su amor llega al extremo de partirse por nosotros. El gesto es tan expresivo que pronto llegó a ser uno de los nombres de la eucaristía. El pan partido es imagen de Cristo que muere, que vence el egoísmo dándose por entero. En su muerte están todas las muertes, todos los quebrantos, todas las tristezas del hombre pero fundamentalmente todas las faltas de amor. Jesús las asume desde dentro, transfigurando la amargura del pecado en el gozo propio de la oblación.


“Es imposible explicar con palabras la esencia del acto interior que acompaña el gesto de partir el pan. Nos parece un acto duro, cruel, y sin embargo es el supremo acto de amor y de ternura que se haya realizado que se pueda realizar sobre la tierra”.45


Un tercer elemento destacado en la celebración de la eucaristía es la consagración de los dones. El sacerdote invoca al Espíritu Santo que desciende sobre el pan y el vino transformándolos en el cuerpo y la sangre de Cristo.El pan y el vino expresan aquí todo el orden creatural: “fruto de la tierra y del trabajo del hombre”. En ellos presentamos no solo nuestras vidas sino también el mundo entero, conscientes de que en Cristo se realiza la nueva creación. La eucaristía es el misterio de nuestra santificación. En la medida que celebramos la redención de Jesús nuestros corazones cambian. Nos convertimos a él, en él… en una palabra, nos cristificamos. Señalamos, finalmente, un cuarto elemento de la misa que merece toda nuestra atención. La comunión sacramental tiene una doble dimensión: vertical (en relación con Cristo) y horizontal (en relación con nuestros hermanos). Sobre esto último el Concilio Vaticano II enseña que “el sacramento del pan eucarístico significa y al mismo tiempo realiza la unidad de los creyentes, que forman un solo cuerpo en Cristo (cf. 1 Co 10,17)”.46 Por decirlo con el Papa Juan Pablo II: “la eucaristía edifica la Iglesia”. 47 Ella está en su origen, fundando y consolidando una comunión que no es meramente humana sino que está cimentada en Cristo. Por ende los lazos eclesiales no se reducen a nuestros sentimientos, con frecuencia inestables, sino que descansan en la fidelidad de Jesús, en su sangre redentora que ha sellado para siempre una alianza indeleble.


Concluimos esta tercera tríada contemplando la eucaristía como inspiradora de un estilo de vida. El cristiano está llamado a dejarse tomar por Cristo en todas sus dimensiones: creer, celebrar, vivir. El culto cristiano es un culto existencial. Lo vemos ante todo en el mismo Jesús, cuya vida es toda ella una liturgia de alabanza al Padre. Por eso sostenemos que solo celebra bien quien traduce cotidianamente la fe eucarística. El apóstol san Pablo tuvo de ello una clara conciencia: “Por lo tanto, hermanos, yo los exhorto por la misericordia de Dios a que ofrezcan sus cuerpos como una víctima viva, santa y agradable a Dios: este el culto espiritual que deben ofrecer” (Rm 12,1).


La eucaristía suscita en el fiel una entrega semejante a la de Jesús.Es la propia dinámica pascual que no consiste en dar cosas sino la propia vida, en lo concreto de cada día, con sus luces y sus sombras. La esencia de este culto no consiste tanto en el qué sino el cómo y el para quién. El culto espiritual (logikélatreía) del cual habla san Pablo es un culto conforme al Logos, a la Palabra creadora –Cristo mismo– que se encarnó para redimirnos en perfecta obediencia al Padre. 48Por eso quien comulga se inserta en la lógica del cordero que confía incondicionalmente en el Padre, dejándose inmolar por los demás. Lo propio de una vida eucarística es la expropiación, el despojo de sí; como el pan consagrado, que no elige quién ni cómo lo habrá de comer. 49De esto trata la Misa, de que Cristo “nos transforme en ofrenda permanente”.50


La eucaristía radicaliza nuestra identidad bautismal, según la cual –nuevamente con San Pablo–, “ninguno de nosotros vive para sí,ni tampoco muere para sí. Pues si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor: tanto en la vida como en la muerte pertenecemos al Señor” (Rm 14,7-8).Como diría san Agustín,“nosotros mismos somos el sacrificio total”.51 Esta perspectiva hizo que la Iglesia antigua comprendiera sin mayor dificultad el martirio como culminación eucarística. 


“[Los mártires] devolvieron lo que se había pagado por ellos, y cumplieron lo que dice san Juan: Cristo dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos (1 Jn 3,16). Y también en otro lugar se dice: Te has sentado a una gran mesa; considera atentamente lo que te ponen (Pr 23,1), porque conviene que tú prepares otra igual. Grandiosa es la mesa en la que el manjar es el mismo anfitrión. Nadie alimenta a los convidados con su misma persona; pero esto es lo que hace Cristo el Señor: él mismo es a la vez anfitrión, comida y bebida. Los mártires se dieron cuenta de lo que comían y bebían, y por esto quisieron corresponder con un don semejante”.52


El estilo oblativo propio de la vida eucarística también debe reflejarse horizontalmente, en una fraternidad signada por la caridad misma de Cristo (cf. 1 Co 12-13). Este compromiso se vuelve especialmente acuciante en relación a los “pequeños” con los que Jesús se identifica (cf. Mt 25,31-46). Ellos son el cuerpo del Señor, en sentido incluso más propio que la eucaristía.53Por eso la realidad del culto, que es esencialmente comunión, debe tener a su vez consecuencias reales en lo cotidiano. Es bien conocida la prédica de san Juan Crisóstomo: “¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo contemples desnudo en los pobres, ni lo honres aquí, en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez”.54 De allí que el joven Ratzinger escribiera: “solo celebra realmente la eucaristía quien la completa con el culto diario de la caridad fraterna”.55  Y recordando otro pasaje del Crisóstomo en el que se dice que los pobres son el altar vivo del sacrificio de la nueva alianza,56 concluye: “la liturgia de Cristo se celebra en cierto sentido con mayor realismo en el diario quehacer que en el acto ritual”.57


5. Conclusión

Hemos intentado un esbozo de la teología de la eucaristía. Es lógico pensar que no se ha tenido en cuenta tal o cual aspecto del misterio, como por ejemplo, las raíces judías, una mayor atención a la liturgia, las grandes controversias doctrinales o las delicadas cuestiones ecuménicas. No obstante, creemos haber presentado bastante de lo esencial. En la eucaristía Jesús nos ofrece la comunión de su presencia sacrificial, concentrando en sí mismo toda la historia: pasado, presente y futuro. Este misterio es la suma de la existencia cristiana, el sacramento de amor que nos introduce en la pedagogía propia del seguimiento evangélico: creer, celebrar, vivir. Concluyamos con el pensamiento sugerente de un escritor argentino, quien aun hablando en términos naturales no deja de evocar resonancias místicas, que nosotros elegimos asociar de buena gana a la eucaristía. “¿Qué es el vino sino agua que contiene fuego? ¿Qué es el pan sino tierra que levitó?”.58


Pbro. Andrés F. Di Ció
Buenos Aires


NOTAS
1. Resulta sumamente elocuente que el calendario litúrgico asocie la solemnidad de la Santísima Trinidad con la del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, ambas incluidas –una tras otra- al término del tiempo pascual. Cf. Benedicto XVI, Sacramentumcaritatis [22.II.2007], 7-8: “Santísima Trinidad y Eucaristía”.
2. F.-X. DURRWELL, La eucaristía, sacramento pascual, Salamanca, Sígueme, 1986, 30.
3. Ibíd.
4. Mt 26,26; Mc 14,22; Lc 22,19; 1 Co 11,24.
5. Mt 26,28; Mc 14,24.
6. Lc 22,20; 1 Co 11,25.
7. “La eucaristía es formalmente presencia. En la actualidad se suele fijar más bien la atención en otros aspectos (…). Pero ante todo y más que todo eso, la eucaristía es la presencia. Esta fue la experiencia primera, la mística eucarística primitiva: las comunidades cristianas reconocieron al Señor en medio de ella durante ese banquete”; DURRWELL, La eucaristía, sacramento pascual, 40-41.
8. El Concilio de Trento afirma que Cristo está “verdadera, real y sustancialmente” presente en la eucaristía; DH 1636. Pablo VI sostiene que “tal presencia se llama «real» no por exclusión, como si las otras no fueran «reales», sino por antonomasia”; Mysteriumfidei 20 [3.IX.1965]. Cf. R. CANTALAMESSA, La eucaristía, nuestra santificación, Buenos Aires, Agape, 2012, 136.
9. S. CIRILO DE JERUSALéN, Catequesis 22 [Mistagógica IV],1.3; en: Oficio de lecturas, sábado de la octava de pascua.
10. TEODORO DE MOPSUESTIA, In Math. Comm. 26; citado en PABLO VI,Mysteriumfidei 22.
11. S. AMBROSIO, Sobre los misterios 9,50.52, en: PABLO VI, Mysteriumfidei 27; cf. Ibíd., 24-30; Id., Credo del Pueblo de Dios, 24-26 [30.VI.1968]
12. Entre muchas referencias posibles; cf. L. F. LADARIA, El hombre en la creación, Madrid, BAC, 2012, 118-120. La unidad constitutiva del hombre pide que la alusión a cualquiera de sus dimensiones sea leída en clave de pars pro toto. 
13. Cf. DH 1640-1641; 1651.
14. Cf. Ex 12,1-24; 24,8; Jr 31,31-33.
15. Lc 22,19; 1 Co 11,24: cuerpo didómenon. Mt 26,28; Mc 14,24: sangre ekjunnómenos. Nótese que en los relatos bíblicos de institución Jesús expresa la entrega en tiempo presente, mientras que la liturgia lo hace en futuro (será entregado; será derramada).
16. Es mérito de H. U. VON BATHASAR haber puesto en valor la categoría teológica “misión”, pensándola de modo consecuente hasta identificarla con la persona misma de Cristo: “la identidad paradójica de persona y misión”; Teodramática3, Madrid, Encuentro, 1993, 149 (143-239); cf. Id., Teología de la historia, Madrid, Encuentro, 1992, 27-29.
17. Cf. COMISIóN TEOLóGICA INTERNACIONAL, Cuestiones selectas de Cristología (1979), IV.B.
18. CANTALAMESSA, La eucaristía, nuestra santificación, 14. 
19. CANTALAMESSA, La eucaristía, nuestra santificación, 17. Cantalamessa cita al respecto a san Efrén: “En la cena Jesús se inmoló a sí mismo; sobre la cruz fue inmolado por otros”; Himnos sobre la crucifixión 3,1; en: Ibíd. San Juan Pablo II dice que la eucaristía no solo “evoca” la pascua, sino que la hace “sacramentalmente presente”, Ecclesia de Eucharistia, 11. Y agrega: “Por su íntima relación con el sacrificio del Gólgota, la eucaristía es sacrificio en sentido propio”; Ibíd., 13.
20. Joseph Ratzinger sostiene que la eucaristía encuentra su fundamento en la cruz, donde se da una “síntesis de las fiestas veterotestamentarias, día de expiación y pascua a la vez, inauguración de una nueva Alianza”, J. RATZINGER, OC XI, 299.
21. S. AGUSTíN, La ciudad de Dios X,6.
22. Cf. Jr 31,31-33; Ez 36,24-28; 2 Sam 7,14. 
23. CANTALAMESSA, La eucaristía, nuestra santificación, 29.
24. S. AGUSTíN, Confesiones VIII,10.16.
25. Comulgar implica ser consanguíneo (súnaimos) con Cristo; cf. S. CIRILO DE JERUSALéN, Catequesis 22 [Mistagógica IV], 3.
26. H. VIELTEMPERLEY, “Crawl”, en: Id., Obra completa, Buenos Aires, Ediciones del Dock, 2009, 337.
27. Cf. Gn 2,23-24; Ef 5,31-32; 1 Co 6,15-17; 7,4. Es preciso tener en mente la íntima vinculación entre matrimonio y eucaristía, sacramentos de la alianza: BENEDICTO XVI, Sacramentumcaritatis27-29; M. OUELLET, “El matrimonio y la familia en la sacramentalidad de la Iglesia. Desafíos y perspectivas”, Communio [Argentina] 22 (2015) 72-87.
28. Misal Romano, “Rito del fuego y preparación del cirio” durante la Vigilia Pascual en la noche santa. Jesús es “el centro de la creación, el punto focal de la historia”, en él todo encuentra sentido; G. L. MüLLER, La celebración de la eucaristía. Un camino con Cristo, Barcelona, Herder, 1990, 12-23.
29. COMISIóN EPISCOPAL DE FE Y CULTURA de la Conferencia Episcopal Argentina, Eucaristía: Evangelización y Misión, Buenos Aires, Oficina del Libro, 1993, 55. Cf. Nm 10,10; Lv 23,24; Ex 28,12.29; Ex 3,15.
30. “El día de Cristo, el día que es Cristo, constituye el tiempo litúrgico. Quien lo siga, se ofrece a él, se une a su sacrificio vivo con sí mismo, cumple la obra de Dios, es decir, hace liturgia. El tiempo litúrgico grafica la dimensión cósmica de la creación y de la redención del Señor que ha recapitulado en sí mismo todas las cosas, todo el tiempo y el espacio”; OFICINA PARA LAS CELEBRACIONES DEL SUMO PONTíFICE, “¿Cuándo celebrar?/1: El tiempo litúrgico” (mayo de 2012), [en línea: consulta 25 de mayo de 2019]. 
31. R. MARTINELLI, La eucaristía, don incomparable de Dios a los hombres, [sin editorial], Roma, 2009, 31.
32. A. MARINO, “Cristo, Señor del tiempo”, en: R. FERRARA; C. M. GALLI (eds.), El tiempo y la historia. Reflexiones interdisciplinares, Buenos Aires, Paulinas, 2001, 123. 
33. “Oh sagrado banquete, en que se recibe a Cristo: se celebra la memoria de su pasión [pasado], el alma es colmada de gracia [presente] y se nos da la prenda de la gloria futura” (O sacrumconvivium. In quo Christussumitur, recolitur memoria passioniseius, mensimpletur gratia, et futuraegloriaenobispignusdatur), Antífona del Magnificat en las Vísperas de Fiesta de Corpus Christi, atribuida a santo Tomás de Aquino.
34. Los Padres de la Iglesia expresaron la progresión salvífica que va de la sombra a través de la imagen hacia la realidad. De allí que reconozcan tres pascuas: la de la Ley, la del Evangelio, la del Cielo; cf. ORíGENES, Comentario al Ev. Juan X,111, citado en:CANTALAMESSA, La eucaristía, nuestra santificación, 158.
35. S. GREGORIO DE NISA, In Cant., Hom. 8: PG 44, 941 C.
36. El propósito de Benedicto XVI no sólo se desprende de la estructura del documento (Partes I-III), sino que se enuncia de manera expresa: “en el presente documento deseo sobre todo recomendar… que el pueblo cristiano profundice en la relación entre el misterio eucarístico, el acto litúrgico y el nuevo culto espiritual que se deriva de la Eucaristía como sacramento de la caridad”; BENEDICTO XVI, Sacramentumcaritatis 5. 
37. “La eucaristía es el compendio y la suma de nuestra fe”, CCE 1327. Benedicto XVI ha ofrecido una notable síntesis de la fe eucarística de la Iglesia, iluminando los distintos misterios cristianos a la luz del sacramento del altar; cf. Sacramentumcaritatis 6-33. En el mismo sentido, pero centrada en la relación eucaristía-Iglesia, cabe mencionar la encíclica de JUAN PABLO II, Ecclesia de Eucharistia (especialmente 21-46).
38. Cf. PABLO VI, Mysteriumfidei 1; Sacrosanctum concilium 10.
39. S. TOMáS DE AQUINO, Pangelingua (Himno compuesto para las I Vísperas de Corpus Christi).
40. S. TOMáS DE AQUINO, Adoro te devote (Oración). “Que en este sacramento está el verdadero cuerpo de Cristo y su sangre, no lo pueden verificar los sentidos, sino la sola fe, que se funda en la autoridad divina”; Id., Suma Teológica, III 75, a1 sol.
41. S. TOMáS DE AQUINO, Suma Teológica III 75, a1 sol. 
42. BENEDICTO XVI, Sacramentumcaritatis 6.
43. Cf. C. VAGAGGINI, El sentido teológico de la liturgia, Madrid, BAC, 1965, 493-505.
44. BENEDICTO XVI, Sacramentumcaritatis 34-35.
45. CANTALAMESSA, La eucaristía, nuestra santificación, 28-29.
46. CONCILIO VATICANO II, Lumen gentium 3. “¿Qué es, en efecto, el pan? Es el cuerpo de Cristo. ¿En qué se transforman los que lo reciben? En cuerpo de Cristo; pero no muchos cuerpos sino un sólo cuerpo. En efecto, como el pan es sólo uno, por más que esté compuesto de muchos granos de trigo y éstos se encuentren en él, aunque no se vean, de tal modo que su diversidad desaparece en virtud de su perfecta fusión; de la misma manera, también nosotros estamos unidos recíprocamente unos a otros y, todos juntos, con Cristo”; S. JUAN CRISóSTOMO, Homilías sobre la 1º Carta a los Corintios 24,2.
47. JUAN PABLO II, Ecclesia de eucharistia, capítulo III. Cf. CONCILIO VATICANO II, Presbyterorumordinis 6.
48. Cf. Jn 1,1.14; Hb 10,5-10; Jn 6,38; Mt 26,39.42; Jn 4,24; J. RATZINGER, El espíritu de la liturgia, Rosario, Logos, 2015, 41-43, 45, 51.
49. La expropiación cristiana no tiene nada de auto-denigración sino que responde a la plenitud paradojal según el cumplimiento de las palabras de Jesús: “el que pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 10,39).
50. MISAL ROMANO, Plegaria eucarística III. “éste es el núcleo auténtico y la verdadera grandeza de la celebración eucarística, que siempre es más que un banquete, es un ser arrastrado hacia la contemporaneidad con el misterio de la pascua de Cristo, es decir, con el misterio de ese paso que va de la tienda transitoria a la presencia de Dios”; RATZINGER, El espíritu de la liturgia, 50.
51. S. AGUSTíN, La ciudad de Dios X,6.
52. S. AGUSTíN, Sermón 329. “Soy trigo de Dios, y he de ser molido por los dientes de las fieras, para llegar a ser pan limpio de Cristo. Rueguen por mí a Cristo, para que, por medio de esos instrumentos, llegue a ser una víctima para Dios”; S. IGNACIO DE ANTIOQUíA, Carta a los Romanos IV,1. La expresión fue a su vez recogida por S. IRENEO DE LYON, AdversusHaereses V,28,4. Cf.
53. La Iglesia antigua y la alta Edad media se refería a la Iglesia como corpus verumy a la eucaristía como corpus mysticum.
54. S. JUAN CRISóSTOMO, Homilías sobre el Evangelio según san Mateo 50,3.
55. J. RATZINGER, El nuevo pueblo de Dios, Barcelona, Herder, 2005, 99 [el artículo se publicó originalmente en 1957]. Cf. ID., VolkundHausGottes in AugustinusLehre von der Kirche, München, EOS, 1992, 202-215, donde se trata la profunda unidad entre el sacramentumcorporis Christi, el corpus Christi y la caritas. 
56. “Este altar está compuesto por los mismos miembros de Cristo, y el cuerpo del Señor es tu altar. Que sea entonces venerado; en la carne de tu Señor sacrificas la víctima (…) Este altar lo podrás ver tirado en cualquier parte, tanto en caminos como en mercados, y podrás sacrificar sobre él a toda hora; pues también allí se realiza el sacrifico. Y así como el sacerdote está de pie invocando al Espíritu, tú también invocas al Espíritu, pero no con la voz sino con las obras. (…) Entonces cuando veas a un creyente pobre, piensa que tienes delante un altar”; S. JUAN CRISóSTOMO, Comentario a la 2º Carta a los Corintios 20,3.

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