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EUCARISTIA PERSPECTIVA GESTUAL Y SIMBOLICA

Ponencia del Pbro. Dr. Mario Haller en el encuentro anual de estudio- Buenos Aires del 17 al 20 de junio de 2019


La Eucaristía desde la perspectiva gestual y simbólica

Con ocasión del décimo aniversario 
de la publicación de la tercera edición del Misal Romano Argentino




Resumen

En una “mirada” concentrada acerca de los gestos y símbolos de la Eucaristía, este artículo recoge, por una parte, importantes números de la Ordenación General del Misal Romano (tertia editio) y, por otra parte, aprovecha la riqueza de un libro ya clásico de J. Aldázabal: Gestos y Símbolos como el principal texto de referencia para el análisis de la perspectiva gestual y simbólica de la Eucaristía. Este trabajo se sitúa en el quinquagésimo aniversario de Constitución apostólica Missale Romanum (Pablo VI -1969) y el décimo aniversario de la publicación de la tercera edición del Misal argentino (2009).

Palabras clave: Eucaristía, Misal Romano, tercera edición, gestos, símbolos.

Introducción

En octubre pasado, el Papa Francisco canonizó al Papa Pablo VI. Es el nuevo santo quien, en 1969, mediante, la Constitución apostólica “Missale Romanum” promulga el Misal Romano (de ahora en adelante: MR), reformado por mandato del Concilio Vaticano II. La publicación del Misal mismo (editio typica) se realiza al año siguiente (1970). A esta primera edición le sigue, también durante el pontificado de San Pablo VI, la editio altera y, ya en el pontificado del Papa Juan Pablo II la tertio editio (2000-2002). A esta última, corresponde el actual MR. 
En Argentina, durante este año, se cumple el X° aniversario de la publicación de la tercera edición del MR, a la cual se le concedió la aprobación definitiva por parte de la Santa Sede en 2007. La publicación, en cambio, se produjo en 2009. Estos hechos sucedieron bajo el pontificado de Benedicto XVI y siendo presidente de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), el Card. Jorge M. Bergoglio, hoy Papa Francisco.
La memoria de estos acontecimientos nos invita a una nueva mirada acerca del MR (argentino – tertio editio). En este artículo, mi propósito es abordar, aunque someramente, la dimensión gestual y simbólica de la celebración ecuarística. El tema estará concentrado en la estructura simbólica de la Eucaristía. No se trata, en consecuencia, de la estructura verbal de la misma (la Palabra de Dios, la eucología y los  cantos).
El análisis de esta perspectiva es también el fruto de una re-lectura de la Ordenación General del Misal Romano (de ahora en adelante: OGMR) con la inestimable ayuda de dos libros del conocido liturgista José Aldazábal. Me refiero al Comentario a la OGMR y particularmente a su ya clásico “Gestos y Símbolos”. No es el único autor pero sí el pricipal referente (como se verá en el desarrollo del argumento). Leyendo y releyendo estos textos, ha surgido en mí la idea de presentar este argumento. 
Luego de unas premisas generales sobre la dimensión gestual y simbólica de la liturgia, el núcleo del argumento será el tratamiento del tema específico de acuerdo al ritual mismo de la Eucaristía. Algunos argumentos transversales a toda la celebración, por ejemplo las posturas dentro de la Misa, precederán el tratamiento (como lo hace la OGMR) y en algunas oportunidades –por motivos prácticos- al tratar de un gesto o símbolo se hará referencia a otros semejantes aunque se realicen en otro momento celebrativo. 

Premisas

La liturgia es la celebración del Misterio de Cristo y se realiza “per ritus et preces” (gestos y palabras inseparablemente unidos); por lo tanto, la acción litúrgica consta siempre de la síntesis de palabra y símbolo .
Cristo asume la dimensión de la corporeidad humana (Heb. 10,5). Este hecho “es el núcleo primordial del cual deriva cualquier otro gesto litúrgico, puesto que nuestra gestualidad litúrgica está modelada y modulada sobre la gestualidad de Cristo” . M. Augé afirma que:

“mediante el conjunto de las acciones simbólicas ritualizadas con que se constituyen sus celebraciones, la Iglesia proclama que Dios realiza, en el acto litúrgico, el efecto salvífico de las acciones históricas pasadas, de las que hace memoria. Naturalmente, en el contexto cristiano, en el centro del rito memorial está el acontecimiento Cristo” . 
 
 El Catecismo de la Iglesia Católica  (de ahora en adelante: Cat.) señala que “una celebración sacramental esta tejida de signos y de símbolos” (Cat. 1145). 

“Desde Pentecostés, el Espíritu Santo realiza la santificación a través de los signos sacramentales de su Iglesia. Los sacramentos de la Iglesia no anulan, sino purifican e integran toda la riqueza de los signos y de los símbolos del cosmos y de la vida social. Aún más, cumplen los tipos y las figuras de la Antigua Alianza, significan y realizan la salvación obrada por Cristo, y prefiguran y anticipan la gloria del cielo” . 

En relación a la Eucaristía, “desde el siglo II, según el testimonio de san Justino mártir, tenemos las grandes líneas del desarrollo de la celebración eucarística. Estas han permanecido invariables hasta nuestros días a través de la diversidad de tradiciones rituales litúrgicas” . 

“He aquí lo que el santo escribe, hacia el año 155, para explicar al emperador pagano Antonino Pío (138-161) lo que hacen los cristianos:
«El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo.
Se leen las memorias de los Apóstoles y los escritos de los profetas, tanto tiempo como es posible.
Cuando el lector ha terminado, el que preside toma la palabra para incitar y exhortar a la imitación de tan bellas cosas.
Luego nos levantamos todos juntos y oramos por nosotros [...] (San Justino, Apologia, 1, 67) y por todos los demás donde quiera que estén, [...] a fin de que seamos hallados justos en nuestra vida y nuestras acciones y seamos fieles a los mandamientos para alcanzar así la salvación eterna.
Cuando termina esta oración nos besamos unos a otros.
te en el Acontecimiento Cristo  e indirectamente en la liturgia judía. 

Como sabemos, hoy la Misa tiene dos partes, precedida de los ritos iniciales, y concluida por los ritos conclusivos. 
Antes de abordar los argumentos específicos, consideramos  la asamblea celebrante como signo de la comunidad cristiana y las posturas dentro de la celebración.

De la dispersión a la reunión: la asamblea celebrante

San Justino no habla de los ritos iniciales pero sí menciona la reunión. 
Se trata de la comunidad, es decir del espacio humano, anterior al espacio físico (iglesia-edificio) ya que toda asamblea celebrante es epifanía de la Iglesia (su manifestación). Asimismo, es necesario recordar que la liturgia es acción del Cristo total (Christus totus), es decir que “los que desde ahora la celebran participan ya, más allá de los signos, de la liturgia del cielo” (Cat. 1136)”. Por eso, “es toda la comunidad, el Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza quien celebra” (Cat. 1140). Igualmente, es necesario recordar que “las acciones litúrgicas no son acciones privadas (SC 26)”. “Por eso también, siempre que los ritos, … admitan una celebración común, con asistencia y participación activa de los fieles, hay que inculcar que ésta debe ser preferida (SC 27)”. En consecuencia, la comunidad misma es un signo . 

Gestos y posturas

Antes de abordar el desarrollo ritual de la celebración eucarística, la OGMR habla de este tema e invita a dar prioridad “al bien común espiritual del pueblo de Dios, antes que cualquier inclinación personal o arbitraria” (OGMR 42). Añade que “la uniformidad de las posturas observada por todos los participantes, es signo de la unidad de los miembros de la comunidad cristiana” (OGMR 42). Habla de las tres posturas principales durante toda la Misa y  del momento correspondiente a cada una de ellas:

“Los fieles permanecen de pie desde el comienzo del canto de entrada, o mientras el sacerdote se acerca al altar, hasta la colecta inclusive; durante el canto del Aleluia antes del Evangelio; durante la proclamación del Evangelio; durante la profesión de fe y la oración universal; también desde la invitación Oren hermanos, antes de la oración sobre las ofrendas, hasta el final de la Misa, excepto en los momentos que se indican más abajo.
Estarán sentados mientras se proclaman las lecturas antes del Evangelio y el salmo responsorial; durante la homilía y mientras se preparan las ofrendas para el ofertorio; y, según las circunstancias, durante el momento de silencio sagrado después de la Comunión.
Pero han de arrodillarse, a no ser que lo impida un motivo de salud, por la falta de espacio o el gran número de asistentes u otras causas razonables, durante la consagración. Los que no se arrodillan para la consagración harán una inclinación profunda cuando el sacerdote se arrodilla después de la consagración” .

En ese mismo punto insiste acerca de la “uniformidad en gestos y posturas durante una misma celebración” y recuerda que compete “a las Conferencias Episcopales adaptar, según la norma del derecho, los gestos y las posturas mencionadas en el Ordo Missae, a la índole y a las tradiciones razonables de los pueblos” (OGMR 43). Cabe señalar que “en  Argentina, se resuelve que se mantengan los gestos y posiciones de los fieles tal como son mencionadas en el Ordinario de la Misa” . J. Aldázabal señala que “como nuestra celebración cristiana es comunitaria … el Misal pone como ideal esta expresión de unanimidad entre todos los que participan en la celebración” . 

De pie

Esta postura es la clásica postura de oración en el Antiguo Testamento. Una serie de textos del Nuevo Testamento nos muestran que en tiempos de Jesús el estar de pie era para los judíos la postura habitual de oración. “Entre los cristianos el estar de pie era sobre todo la forma pascual de orar. […] Al estar de pie nos sabemos unidos a la victoria de Cristo” . Además de su significación antropológica (homo erectus), el cristiano “participa, así, de la dignidad del Resucitado, unido al Cristo glorioso, como miembro de su Cuerpo” . 

Sentados

Mateo presenta a Jesús sentado durante el discurso de las bienaventuranzas (Mt. 5,1); así lo presenta Lucas en Nazaret (Lc. 4,20) y Juan en el pozo de Sicar (Jn. 4,6; cf también 8, 2.7). Está sentado el que enseña con autoridad. J. Aldazábal afirma que “en nuestra liturgia, el sentado por antonomasia, es el sacerdote presidente. Presidente significa el que se sienta delante: prae-sedere” .
Pero es también la postura de quien escucha atentamente al que enseña (como en Mc 3, 31-35; Lc 10,39; 1Cor 14,30; Hech. 20,9). Es el signo de la escucha y la receptividad. 

De rodillas

“Han de arrodillarse… durante la consagración. Los que no se arrodillan para la consagración harán una inclinación profunda cuando el sacerdote se arrodilla después de la consagración” (OGMR 43).
J. Aldazábal afirma:

“En la nueva disposición de nuestro culto ha quedado ciertamente relativizada esta postura, que había llegado a ser casi la única. No sólo se han suprimido significativamente algunas genuflexiones (por ejemplo … la genuflexión doble ante el Santísimo), sino también ha disminuido el número de las que hacemos durante la Misa (el presidente hace tres: después de la ostensión del Pan, después de la ostensión del Cáliz y antes de comulgar … y sólo hay un momento en que se nos indica la postura de rodillas en la celebración comunitaria. Según la introducción del Misal … nos arrodillamos durante la consagración. Aunque en la práctica el cambio de postura se suele realizar ya durante la invocación del Espíritu que precede a la consagración: la epíclesis. Es una postura adecuada y pedagógica: el ponernos de rodillas en ese momento nos ayuda a entender que, con esa invocación de la fuerza del Espíritu y el entrañable relato de las palabras y los gestos de Jesús en su Ultima Cena, está sucediendo ante nosotros y para nosotros el misterio de la presencia específica del Cristo en la Eucaristía: como comida y bebida para nuestra comunión con El. La actitud de atención, adoración y admiración ante el misterio se expresa muy bien con la postura de rodillas” .

La genuflexión y la inclinación

Además de estas posturas, en la OGMR 44 se afirma que “entre los gestos se incluyen también las acciones y las procesiones”. A continuación vemos las acciones:

La  genuflexión

“Se hace doblando la rodilla derecha hasta el suelo, es signo de adoración… En la Misa el sacerdote celebrante hace tres genuflexiones: después de la elevación de la hostia, después de la elevación del cáliz y antes de la Comunión. … Si el sagrario con el Santísimo Sacramento está en el presbiterio, el sacerdote, el diácono y los otros ministros hacen genuflexión cuando llegan al altar y cuando se retiran de él, pero no durante la celebración de la Misa. … Los ministros que llevan la cruz procesional y los cirios, en lugar de la genuflexión hacen una inclinación de cabeza ”.

La inclinación
Es signo de reverencia y honor; existen dos clases: la inclinación de cabeza y la  inclinación del cuerpo o inclinación profunda. La OGMR explicita los momentos de una y otra . Se trata de un gesto muy común para indicar respeto y reconocimiento de la superioridad de otro, “claramente expresivo del humilde respeto que sentimos ante una persona o en el momento en que pronunciamos una oración de humildad ante Dios” .

A continación, abordaremos el tema siguiendo el desarrollo ritual de la Misa.

Los ritos iniciales

éstos son la entrada, el saludo al altar y al pueblo congregado, el acto penitencial, el Señor, ten piedad, el Gloria a Dios y la oración colecta. 
 Uno de los primeros símbolos es la procesión de entrada. “Además de los elementos acústicos y ópticos, además de las posturas y los gestos, también el movimiento  posee un papel significativo en la celebración cristiana de la fe”  . La procesión de entrada tiene una estructura organizada en la cual el orden de la misma sugiere la importancia de la acción: el  incienso, la cruz procesional, los ciriales, el Evangeliario, los servidores y ministros, y el presidente de la asamblea .
“El sacerdote, el diácono y los ministros, cuando llegan al presbiterio, saludan al altar con una inclinación profunda. En señal de veneración, el sacerdote y el diácono besan después el altar; y el sacerdote, según las circunstancias, inciensa la cruz y el altar” (OGMR 49). 
Se usa el beso como signo de veneración al altar. “Como el altar simboliza a Cristo y el ministro lo besa en nombre de toda la comunidad reunida, es un beso de saludo y de amor entre la Esposa y el Esposo” . Actualmente hay dos besos al altar: al comienzo de la celebración (dado por el presidente, el diácono y todos los conce¬lebrantes) y el de despedida (que da sólo el presidente y el diácono, y no los concelebrantes). El incienso expresa reverencia y oración (cf. Sal. 140, 2; Ap. 8,3). Puede usarse durante la procesión de entrada, al comienzo de la Misa, para incensar la cruz y el altar” (OGMR 276) .
“Concluido el canto de entrada, el sacerdote, de pie en la sede, se signa juntamente con toda la asamblea con la señal de la cruz; luego mediante el saludo manifiesta a la comunidad congregada la presencia del Señor (OGMR 50)”. La señal de la cruz es una verdadera confesión de nuestra fe: Dios nos ha salvado en la Cruz de Cristo. Es un recuerdo simbólico del Bautismo. El Papa Francisco nos dice que con ella “no sólo recordamos nuestro bautismo sino que afirmamos que la oración litúrgica es el encuentro con Dios en Cristo Jesús, que por nosotros se ha encarnado, ha muerto en la cruz y ha resucitado glorioso” .
Cuando para el acto penitencial elegimos el Confiteor (Yo confieso), utilizamos el gesto evángelico (Lc. 18,9-14) de golpearnos el pecho con la mano. Es claramente un gesto penitencial en consonancia con las palabras “por mi culpa…”. Antes el MRom. hablaba de tres golpes: "percutit ter"; ahora sólo dice “golpeándose el pecho” . 
Además, como alternativa del rito penitncial, los domingos y solemnidades, puede puede hacerse  la bendición y aspersión del agua bendecida. El uso del agua bendita es un recuerdo del misterio pascual y del bautismo. “Es el sentido que tomó la aspersión dominical y por ello el Misal de 1970 renovó su formulario, proponiéndola como sustituto del acto penitencial” .




La Liturgia de la Palabra

En la primera descripción de la Eucaristía (San Justino) se encuentran los siguientes elementos: lecturas (Antiguo y Nuevo Testamento), homilía, oración universal o de los fieles y osculum pacis. Dicha estructura, tiene su antecedente inmediato en la liturgia sinagogal . La Liturgia de la Palabra cristiana tiene, entonces, sus raíces en la estructura de la Liturgia sinagogal con la novedad que el binomio Ley – Profetas se transforma en Antiguo Testamento – Nuevo Testamento subrayando la novedad del acontecimiento Cristo.
Actualmente la Liturgia de la Palabra se subdivide en una parte principal y un desarrollo y conclusión . 
La parte principal tiene las lecturas, el salmo, la secuencia, la aclamación antes de la lectura del Evangelio y la proclamación del Evangelio. 
El desarrollo y la conclusión comprende la homilía, el Credo y la oración universal o de los fieles.
En las lecturas, Dios habla aquí y ahora. De ahí, la actitud de escucha del Pueblo de Dios. Se trata de acoger la Palabra en silencio ; por eso, la postura es estar sentados, es decir indica la actitud del discípulo. 
En la Liturgia de la Palabra, la lectura del Evangelio constituye su cumbre. “La Liturgia misma enseña que debe tributársele suma veneración, cuando la distingue entre las otras lecturas con especial honor (OGMR 61)”. El Evangelio es un modo de presencia de Cristo. Dada su centralidad y veneración se sigue la riqueza ritual concomitante. El MR nos invita a realizar toda una serie de gestos simbólicos para expresar la veneración que nos merece la Palabra de Cristo mismo: la proclamación de un ministro ordenado , un libro propio: el Evangeliario, la procesión con dicho libro, la dignidad del ambón, la actitud para la escucha: estar de pie, las aclamaciones antes y después de su proclamación, el uso del incienso, la señal de la cruz, la necesidad de una digna proclamación, el beso del evangeliario y la continuidad del libro abierto (palabra viva) . 
Actualmente, “se especifica en el n.134 que la señal de la cruz (triple [sobre la frente, boca y pecho]) no la hace sólo el que proclama el Evangelio, sino también todos los demás; antes no lo decía el Misal” . También se besa el Evangelario. El que proclama la lectura del Evangelio, besa al final el libro. Besar el Evangelio es un gesto de fe en la presencia de Cristo que se nos comunica como la Palabra verdadera. La OGMR afirma que “cuando el diácono asiste al obispo, lleva el libro para que lo bese o lo besa él mismo… En las celebraciones más solemnes, el obispo imparte la bendición al pueblo con el Evangeliario, si se ve oportuno” (OGMR 175). 

La Liturgia eucarística

Tiene tres momentos directamente relacionados con los gestos y las palabras de Jesús durante la última cena y recogidos en los cuatro relatos institucionales neotestamentarios. La sucesión de los ritos es expresada por la sucesión de los cuatro verbos que constituyen la estructura fundamental de toda liturgia eucarística: 
Jesús tomó el pan… el vino: se corresponde con la “Preparación de los dones”.
Jesús dio gracias y pronunció la bendición: se corresponde con la “Plegaria Eucarística”. 
Jesús partió el pan (Fractio panis) y lo dio a sus discípulos: se corresponde con el Rito de Comunión, culminación de nuestra participación en la acción eucarística . 

Presentación de los dones o preparación del altar

“Al comienzo de la Liturgia Eucarística se llevan al altar los dones que se convertirán en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. En primer lugar se prepara el altar, o mesa del Señor, que es el centro de toda la Liturgia Eucarística, y en él se colocan el corporal, el purificador, el misal y el cáliz, cuando éste no se prepara en la credencia. Luego se traen las ofrendas: el pan y el vino, que es laudable que sean presentados por los fieles. Cuando las ofrendas son traídas por los fieles, el sacerdote o el diácono las reciben en un lugar apropiado y son ellos quienes las llevan al altar. […]
Acompaña a la procesión en la que se llevan las ofrendas, el canto de la presentación de los dones, que se prolonga por lo menos hasta que las ofrendas han sido colocadas sobre el altar. [...] El canto siempre puede acompañar los ritos del ofertorio, incluso cuando no hay procesión de dones.
El sacerdote coloca el pan y el vino sobre el altar diciendo las fórmulas establecidas; puede incensar los dones colocados sobre el altar, luego la cruz y el altar, para significar que la oblación de la Iglesia y su oración suben como incienso hasta la presencia de Dios. Después el sacerdote, por causa de su sagrado ministerio, y el pueblo, en razón de su dignidad bautismal, pueden ser incensados por el diácono, o por otro ministro.
Luego el sacerdote se lava las manos al costado del altar, expresando con este rito el deseo de purificación interior” .

La presentación de los dones “permite valorar la colaboración originaria que Dios pide al hombre para realizar en él la obra divina y dar así pleno sentido al trabajo humano, que mediante la celebración eucarística se une al sacrificio redentor de Cristo” (Sacramentum Caritatis [de ahora en adelante SCa.] 47).
En el ofertorio, el sacerdote “toma la patena con el pan y teniéndola con ambas manos un poco elevada sobre el altar”  (aliquantalum elevatam: un poquito elevada) dice […] ; “es un gesto de presentación, no tanto de ofrecimiento: el ofrecimiento verdadero vendrá después, cuando ese pan y ese vino se hayan convertido en el Cuerpo y la Sangre del Señor” .  
Existen algunos gestos que aunque sencillos merecen una consideración. Un pequeño gesto como el cáliz con vino y agua que en su origen parece que fue lo más natural, “después se llenó de interpretaciones simbólicas y dio lugar a interesantes reflexiones teológicas” . J. Aldazábal afirma que:

“no se trata de un gesto simbólico muy llamativo e importante en el conjunto de la Eucaristía. … De entre las varias interpretaciones que se le han dado, tenemos que quedarnos naturalmente con la que le confiere la oración que le acompaña. Aunque se diga en secreto, es ella la que de alguna manera determina en qué dirección hay que entender el signo. La que había antes de la reforma (Deus qui humanae substantiae), estaba tomada de la fiesta de la Navidad, tercera Misa, añadiéndole el inciso per huius aquae et vini mysterium. Se apunta así al misterio mismo de la Encarnación: así como el Hijo de Dios se digna tomar nuestra naturaleza humana, así nosotros somos invitados a incorporarnos a su divinidad. La oración actual, más breve, tiene el mismo contenido: per huius aquae et vini mysterium, eius efficiamur divinitatis consortes, qui humanitatis nostrae fieri dignatus est particeps. […] En el fondo es la dirección simbólica que ya explicaba S. Cipriano en el siglo III. El hecho de mezclar en el ofertorio, o sea, antes de la consagración eucarística, el agua con el vino, de una forma indisoluble, ya se convierte en un signo sagrado, en un simbolismo misterioso de nuestra unión con Cristo. Nos unimos íntimamente a El para la Eucaristía, para su sacrificio. Nosotros mismos, nuestra vida entera, se convierte así, unida a Cristo simbólicamente en este pequeño gesto, en materia de la ofrenda eucarística. Nos vamos a incorporar a la Pascua sacramental de Cristo, nuestra Cabeza y Sacerdote” .

Otro gesto, inicialmente funcional y hoy decididamente simbólico, es el lavabo. Debe ser expresivo del deseo de purificación interior .
Es conveniente recordar que durante este momento celebrativo, se estará de pie “desde la invitación Oren hermanos (Orate fratres)”. Escuchar la oración sobre las ofrendas de pie “es la norma más coherente, porque esa pequeña oración es una de las que el sacerdote proclama presidencialmente, en nombre de todos, y es lógico que la postura de apoyo y atención sea la de ponerse en pie” .
 
La Plegaria Eucarística  

tiene los siguientes elementos: prefacio, aclamación, epíclesis; narración de la institución y consagración; anámnesis, oblación, intercesiones y doxología . Benedicto XVI  afirma que las diversas Plegarias eucarísticas “han sido transmitidas por la tradición viva de la Iglesia y se caracterizan por una riqueza teológica y espiritual inagotable. Se ha de procurar que los fieles las aprecien” (SCa. 48).
En relación al gesto epiclético, previo a las palabras de la consagración, el MR, acerca de la manos del presidente, dice: “manteniéndolas extendidas sobre las ofrendas”. En cambio, durante la consagración, para el gesto de los  concelebrantes, la OGMR afirma que lo hacen “con la mano extendida hacia el pan y hacia el cáliz” (OGMR 222).
En la consagración, el sacerdote “toma el pan y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar (parum elevatum: un poco elevado) dice…”; luego de las palabras de la consagración “muestra el pan consagrado al pueblo, lo desposita sobre la patena y lo adora haciendo genuflexión” ; lo mismo hace con el cáliz; es un gesto que tiene el sentido de mostración u ostensión al pueblo.
Con respecto a “la postura que caracteriza al sacerdote durante la oración eucarística, es la de los brazos extendidos, típica de la oración presidencial” . En efecto, con este gesto se imita a Jesús, prefigurado en la oración de Moisés. Aunque hoy es gesto presidencial, “en los primeros siglos no era exclusivo de él sino actitud de oración común a todos los cristianos, como muestran los textos y la iconografía” .
Con respecto al gesto de “los ojos levantados hacia el cielo”, “este gesto, atribuido a Jesús por el Canon Romano […], es repetido por el celebrante cuando en la Misa utiliza dicha Plegaria Eucarística” . Es un gesto que no aparece en los relatos institucionales aunque sí en otros textos evangélicos, entre ellos la multiplicación de los panes (Mt. 14,19; Mc.6,41; Lc. 9,16).
En la doxología, el sacerdote toma “la patena con el pan consagrado y el cáliz y, elevándolos, (utrumque elevans) dice...” . Es el momento en que más solemnemente se ofrece al Padre la gran ofrenda: el Cuerpo y Sangre de Cristo y a cuya ofrenda se une la Iglesia; “es la elevación más antigua y la más importante, y la que con mayor énfasis debe hacer el presidente: precisamente por ese Cristo que tiene en las manos es como la comunidad rinde a Dios el mejor homenaje de adoración” .  
 
Finalmente, el rito de Comunión consta de los siguientes elementos: la Oración del Señor, el rito de la paz (oración, invitación y saludo), la Fracción del pan y Agnus Dei, la Comunión (con la oración en secreto del sacerdote), la mostración u ostensión (sobre la patena o sobre el cáliz), la invitación a comulgar, el acto de humildad de la asamblea, el canto de comunión [comienza cuando el sacerdote comulga], la comunión (sea en la mano, sea en la boca), el canto o silencio, la purificación y la Oración después de la comunión (en la cual se imploran los frutos del misterio celebrado). Veamos estos elementos.

El saludo de paz

Llamado “ósculo de paz” en los primeros siglos, este gesto expresa un acto de fe en la presencia de Cristo y en la comunión que él construye, un compromiso de fraternidad antes de acudir a la Mesa del Señor. Se ha mantenido “aquí, antes de la comunión, y no en el espacio inmediatamente siguiente al de la Liturgia de la Palabra, como se hace en las liturgias orientales y se pedía por parte de algunos también para la nuestra” . Benedicto XVI, expresa que durante el Sínodo de los Obispos [sobre la Eucaristía] se ha visto la conveniencia de moderar este gesto. Añade que “sería bueno recordar que el alto valor del gesto no queda mermado por la sobriedad necesaria para mantener un clima adecuado a la celebración, limitando por ejemplo el intercambio de la paz a los más cercanos (SCa. 49)”.

La fracción del pan

La fractio panis es un gesto realizado por Jesús en la última cena y que en la comunidad primitiva llegó a dar nombre a toda la celebración eucarística (cf. Lc 24,35; Hech. 2,46). En efecto, el Cat. habla de él cuando considera los nombres de este sacramento . El papa Francisco afirma que:

“El gesto de la paz va seguido de la fracción del Pan, que desde el tiempo apostólico dio nombre a la entera celebración de la Eucaristía (cf. OGMR 83; Cat. 1329). Cumplido por Jesús durante la última Cena, el partir el Pan es el gesto revelador que permitió a los discípulos reconocerlo después de su resurrección. Recordemos a los discípulos de Emaús, los que, hablando del encuentro con el Resucitado, cuentan «cómo le habían conocido en la fracción del pan» (cf. Lucas 24, 30-31.35).
La fracción del Pan eucarístico está acompañada por la invocación del «Cordero de Dios», figura con la que Juan Bautista indicó en Jesús al «que quita el pecado del mundo» (Juan 1, 29). La imagen bíblica del cordero habla de la redención (cf. Esdras 12, 1-14; Isaías 53, 7; 1 Pedro 1, 19; Apocalipsis 7, 14). En el Pan eucarístico, partido por la vida del mundo, la asamblea orante reconoce al verdadero Cordero de Dios, es decir, el Cristo redentor y le suplica: «ten piedad de nosotros... danos la paz»” .

Encontramos también el breve rito de la immixtio, o sea, introducir en el cáliz un pequeño fragmento de la hostia consagrada. “En Roma antiguamente se enviaban fragmentos como ése a los que celebraban en otras iglesias para expresar la comunión en el mismo sacrificio” . Actualmente, el Misal ha preferido el sentido de que la inmitión “se hace para significar la unidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor en la obra salvadora, es decir del Cuerpo de Cristo Jesús viviente y glorioso” .

La mostración de la hostia consagrada al Pueblo de Dios

En la Comunión: “el sacerdote hace genuflexión, toma el pan consagrado y sosteniéndolo un poco elevado sobre la patena o sobre el cáliz dice…” . Invita a los fieles  al banquete de Cristo; y, juntamente con los fieles, pronuncia las palabras evangélicas indicadas.

La Comunión del sacerdote y de los fieles

Como lo hace el sacerdote, “es muy de desear que los fieles…participen del Cuerpo del Señor con hostias consagradas en esa misma Misa, y en los casos previstos, participen del cáliz” (OGMR 85). La OGMR añade, también, que el canto de Comunión comienza mientras el sacerdote comulga y se prolonga mientras se distribuye la Comunión a los fieles. Como se puede ver, se subraya la conveniencia de comulgar con hostias consagradas en esa Misa y precisa el momento del inicio del canto de comunión. El presidente de la asamblea es el primer comulgante y luego lo hace la asamblea en procesión hacia el encuentro de Cristo.

El modo de realizar la comunión: en la boca o con la mano

Durante varios siglos la comunidad cristiana mantuvo con naturalidad la costumbre de recibir el Pan eucarístico en la mano. El más famoso de los testimonios es el documento de san Cirilo de Jerusalén, en el siglo IV, que en una de sus Catequesis sobre la Eucaristía nos describe cómo se acercaban los cristianos a la comunión. 
En la Argentina, la CEA mediante decreto del año 1996 aprueba la posibilidad de dar la Comunión en la mano (decreto reconocido por la Santa Sede) . 
Ambas maneras de comulgar pueden ser respetuosas y expresivas: tanto la Comunión en la mano como la Comunión recibida en la boca, deben manifestar el respeto a la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Para comulgar en la mano se debe extender la mano izquierda, bien abierta, haciéndole con la derecha, también extendida, como un trono -como decía san Cirilo- para luego tomar el Pan con la derecha y comulgar allí mismo, antes de volver a su lugar. No se toma el Pan ofrecido con los dedos —a modo de pinzas— sino que el ministro lo deposita dignamente en la palma abierta de la mano. De hecho, “no está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano (Redemptionis Sacramentum [de ahora en adelante RS] 94)”. En efecto, el recibir los dones de la Eucaristía, el Cuerpo y Sangre de Cristo, de manos del ministro (el presidente o sus ayudantes) expresa la mediación de la Iglesia. 

La comunión bajo las dos especies

Comulgar de este modo, por una parte, “expresa con mayor claridad la voluntad divina con que se ratifica en la Sangre del Señor la Alianza nueva y eterna” (OGMR 281) y, por otra parte, manifiesta “también la relación entre el banquete eucarístico y el banquete escatológico en el reino del Padre” (OGMR 281). No obstante, aunque “la sagrada Comunión tiene una expresión más plena por razón del signo cuando se hace bajo las dos especies” (OGMR 281), se debe recordar que “también bajo una sola de las especies se recibe a Cristo todo y entero y el verdadero Sacramento” (OGMR 282). Sin embargo, bajo ambas especies, “brilla más plenamente el signo del banquete eucarístico” (OGMR 282) . Se podrá beber directamente del cáliz para lo cual “el que va a comulgar, después que recibe el Cuerpo de Cristo, se acerca al ministro del cáliz  y permanece de pie ante él” (OGMR 286). También se puede dar la Comunión por intinción.
Acerca de las cuestiones prácticas en relación a la comunión bajo las dos especies:

“No se administre la Comunión con el cáliz a los fieles laicos donde sea tan grande el número de los que van a comulgar que resulte difícil calcular la cantidad de vino para la Eucaristía y exista el peligro de que «sobre demasiada cantidad de Sangre de Cristo, que deba sumirse al final de la celebración»; tampoco donde el acceso ordenado al cáliz sólo sea posible con dificultad, o donde sea necesaria tal cantidad de vino que sea difícil poder conocer su calidad y su proveniencia, o cuando no esté disponible un número suficiente de ministros sagrados ni de ministros extraordinarios de la sagrada Comunión que tengan la formación adecuada, o donde una parte importante del pueblo no quiera participar del cáliz, por diversas y persistentes causas, disminuyendo así, en cierto modo, el signo de unidad. No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado «por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano” . 

Asimismo “recuérdese, no obstante, que todos los sacerdotes que celebran la santa Misa tienen que realizar la Comunión bajo las dos especies” (RS 105). 


La postura al recibirla

Para recibir la comunión, la OGMR no nombra el ponerse de rodillas, y por tanto supone que se recibe de pie. Es un tema ya tratado. No obstante, puede ilustrarnos la afirmación de J. Aldázabal en su comentario a la OGMR:

“Se ha añadido últimamente (2002) la posibilidad de recibir la comunión de rodillas, si así lo ha establecido la Conferencia de los obispos (n°  160; cf. también n° 389); esta posibilidad ya estaba en la instrucción “Eucharisticum Mysterium” de 1967; con todo parece que sigue siendo la más coherente para este momento la postura que había prevalecido durante el primer milenio de la Iglesia, comulgar de pie, que es la postura que propone el presente Misal normalmente y la que se ha seguido entre nosotros después de la reforma del Misal de Pablo VI; es la postura lógica del que acude en procesión al encuentro del Señor, con fe vigilante, en una marcha escatológica, a recibir el viático, “el alimento para el camino”, y no por eso disminuye el respeto y la actitud adorante y de fe atenta ante lo que representa comulgar con el Señor; en el n° 286 se establece que los fieles que beben del cáliz, lo hacen de pie; la reverencia (de cabeza) que recomienda este número, será bueno que se haga, no en el momento de comulgar sino un poco antes”  

Se puede concluir que la praxis habitual es comulgar de pie. Comulgar de rodillas no está prohibido pero tampoco promovido. Benedicto XVI afirma que “todas las comunidades cristianas han de atenerse fielmente a las normas vigentes, viendo en ellas la expresión de la fe y el amor que todos han de tener respecto a este sublime Sacramento” (SCa. 50). 
A modo de síntesis de los diversos aspectos acerca de la Comunión recojo una enseñanza del Papa Francisco:

“La Iglesia desea vivamente que también los fieles reciban el Cuerpo del Señor con hostias consagradas en la misma Misa; y el signo del banquete eucarístico se expresa con mayor plenitud si la santa Comunión se hace bajo las dos especies, incluso sabiendo que la doctrina católica enseña que bajo una sola especie se recibe a Cristo todo e íntegro (cf. OGMR 281-282). Según la praxis eclesial, el fiel se acerca normalmente a la Eucaristía [Comunión] en forma de procesión, como hemos dicho y se comunica en pie, o de rodillas, como establece la Conferencia episcopal, recibiendo el sacramento en la boca o, donde está permitido, en la mano, como se prefiera (cf. OGMR 160-161).
Si somos nosotros los que nos movemos en procesión para hacer la Comunión, nosotros vamos hacia el altar en procesión para hacer la comunión, en realidad es Cristo que viene a nuestro encuentro para asimilarnos a él” .

Trataré, a continuación, otros aspectos acerca de la perspectiva gestual y simbólica de la celebración eucaristía. Aunque su tratamiento aquí sea extremadamente sintético, con ello no se menoscaba su importancia.

 
Los espacios celebrativos

En su condición terrena, “la Iglesia tiene necesidad de lugares donde la comunidad pueda reunirse” (Cat. 1198).  “Estas iglesias visibles no son simples lugares de reunión, sino que significan y manifiestan a la Iglesia que vive en ese lugar (Cat. 1180). En efecto, las iglesias y eventualmente otros lugares “deben ser aptos para la celebración de la acción sagrada y para procurar la participación activa de los fieles” (OGMR 288). Dentro de la iglesia-edificio se destacan la nave y el presbiterio y dentro de éste los tres espacios celebrativos, “iconos espaciales” de la  presencia de Cristo Sacerdote, Maestro y Pastor: el altar, el ambón y la sede.
Una observación hecha por la OGMR resulta particularmente interesante. Se

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