Domingo 2 de Cuaresma[1]:

(Ciclo B)

Domingo de la Transfiguración

 

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos     9, 2-10

“Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor.
Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: «Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo».
De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos.
Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría «resucitar de entre los muertos»”.

Nada más dar inicio en la Cuaresma al camino de la cruz, ya se nos propone el destino último de este camino: la gloria suya y nuestra. Después de haber leído el domingo pasado la lucha contra las tentaciones y el mal, hoy se nos asegura que el proceso termina con la victoria y la glorificación de Cristo, y que también a nosotros la lucha contra el mal nos conduce a la vida.

En nuestro camino cuaresmal, no nos olvidamos de pedir a Dios que esta Eucaristía «nos prepare a celebrar dignamente las fiestas pascuales».

Cada evangelista cuenta la escena de la transfiguración con matices distintos, que no es importante entretenerse en describir. Lo importante es que Jesús quiso hacer ver a sus discípulos predilectos, Pedro, Santiago y Juan -los mismos que estarían después presentes en su crisis del Huerto de Getsemaní- un anticipo de su destino de gloria después de su muerte en la cruz.

Este acontecimiento del monte Tabor tuvo lugar «a los seis días», dice el evangelio: a los seis días de haberles anunciado su pasión y muerte.

La intervención de Pedro -que repetidamente es protagonista en el evangelio de Marcos- es característica de sus reacciones primarias: «hagamos tres tiendas…». Marcos, que fue acompañante suyo, no oculta sus momentos de debilidad. Aquí anota que «no sabía lo que decía».

El episodio termina con la orden del «secreto mesiánico»: Jesús no quiere que se divulgue su mesianismo hasta que vea los ánimos preparados.

El camino de nuestra pascua -el programa cuaresmal- es serio, pasa por la prueba y la tentación y el cansancio y las dudas. La Pascua nos convoca al seguimiento de un Cristo que a veces no es nada dulce, sino difícil.

¿Hacemos tres tiendas? ¿o bajamos de la montaña a la vida?

¿Cuál es nuestra actitud ante la cruz y la transfiguración de Jesús? A los tres discípulos les vino bien entrever por un momento el destino de gloria del Maestro, perplejos como habían quedado después del anuncio de su pasión y su muerte. Esta experiencia seguramente fue un factor de ánimo para su camino de seguimiento de Jesús.

Esto nos interpela a todos: ¿qué pienso yo de Cristo, de su marcha hacia la cruz?, ¿le acepto, como Pedro inicialmente, sólo en su aspecto consolador y triunfante, o también en su dimensión de cruz y muerte? ¿prefiero llegar a la resurrección y la gloria sin pasar por la cruz? ¿o estoy dispuesto al seguimiento de Jesús sólo cuando está en el Tabor de la gloria y no en el Calvario de la cruz?

Pedro y los demás discípulos le fueron entendiendo muy poco a poco. Hoy aparecen discutiendo qué significa eso de «resucitar de entre los muertos».

Lo que no entienden ni les cabe en la cabeza es lo de la pasión y la muerte.

¿Y yo? ¿he llegado a aceptar en mi vida de seguimiento de Jesús el destino de la cruz, para poder colaborar en la salvación del mundo? ¿o prefiero instalarme en las tres tiendas, en un paraíso particular que me he ideado yo?

Los discípulos vieron pronto a Jesús, con vestido normal, no tan blanco y esplendoroso, y bajaron con él al valle, a seguir su camino. ¿Bajo yo también a la tarea de cada día, animado por Cristo?

Ser fiel a la Alianza le costó a Abrahán. Le costó a Jesús cumplir hasta el final su misión salvadora. ¿Quiero yo cumplir en mi vida la voluntad de Dios sin que me cueste nada?

¡Escúchenlo!

La voz del cielo concluye su afirmación sobre la identidad de Jesús con una consigna que valía para los tres discípulos y también para nosotros: ¡escúchenlo!

Jesús es el Maestro, el Enviado de Dios. Es en él en quien nosotros creemos, a quien seguimos. A quien escuchamos en cada Eucaristía, donde en la «primera mesa» se nos comunica primero como Palabra, para dársenos después como Pan y Vino de Eucaristía.

En cada misa no sucede para nosotros un milagro visible de transfiguración que nos anime. Pero sí se da el sacramento, invisible pero real y eficaz, de la donación que Jesús nos hace de sí mismo, como Palabra y como Pan eucarístico. Deberíamos saber descubrir en esta pequeña experiencia de la celebración eucarística la luz y la fuerza -el «viático», alimento para el camino- que quiere darnos el Señor Resucitado para nuestro camino de cada día.

Prefacio:

Él mismo, después de anunciar su muerte a los discípulos
les reveló el esplendor de su gloria en la montaña santa,
para que constara, con el testimonio de la Ley y los Profetas,
que, por la pasión, debía llegar a la gloria de la resurrección.


[1] J. Aldázabal, Enseñame tus caminos, 9. Los domingos del Ciclo B: Domingos de Cuaresma.