El itinerario bautismal del período cuaresmal-pascual del Ciclo A

El itinerario bautismal del período cuaresmal-pascual del Ciclo “A”

Su preparación catecumenal, su celebración pascual y su prolongación mistagógica

Pbro. Dr. Mario Alberto Haller (Argentina)

Introducción 

Es ya frecuente hablar del itinerario bautismal de la Cuaresma, itinerario propio del Ciclo A de la misma. Pero no siempre se logra ver la continuidad del mismo: su prolongación mistagógica durante la cincuentena pascual. 

Humildemente, quisiera intentar un bosquejo de este “amplio” itinerario con estos diversos momentos. Simplemente responde al camino trazado por el Ciclo A de la liturgia cuaresmal-pascual y merece aún una mayor profundización. De hecho, las principales orientaciones están tomadas de grandes liturgistas. Tal vez una cierta originalidad se pueda ver en la consideración en su conjunto. Creo también que este modo de presentar es desafiante ya que merecería hacerlo con los otros dos ciclos, que para la cuaresma se los llama cristológico y penitencial respectivamente.

Luego, de unas notas preliminares sobre el año litúrgico, paso al argumento propiamente dicho.

El año litúrgico, memorial de Cristo y mistagogía de la Iglesia

Con el recurso a un texto de la Sacrosanctum Concilium (=SC), el Catecismo de la Iglesia Católica (= Cat.) afirma que “en el ciclo del año [la Iglesia] desarrolla todo el Misterio de Cristo.” (SC 102 y Cat. 1163). Luego, añade que “a partir del Triduo Pascual, como de su fuente de luz, el tiempo nuevo de la Resurrección llena todo el año litúrgico con su resplandor. El año, antes y después de esta fuente, queda progresivamente transfigurado por la liturgia” (Cat. 1168). En consecuencia, “el año litúrgico es el desarrollo de los diversos aspectos del único misterio pascual” (Cat. 1171).

Una aproximación histórica y otra pastoral nos permiten ahondar en el sentido del año litúrgico. Juan J. Flores Arca ofrece una síntesis de la historia del año litúrgico en el siguiente texto:

 “En una primera fase de la historia de la liturgia no existía más fiesta que la Pascua que se rememoraba cada semana en la Eucaristía dominical. Después en un momento difícil de determinar, la Iglesia sintió la necesidad de celebrarla con mayor énfasis una vez al año. En la segunda mitad del siglo II toda la Iglesia celebraba ya la Pascua anual. Así podemos decir que hasta el siglo IV la Pascua fue la única fiesta del año, la fiesta por antonomasia. … Todo lo que nosotros celebramos hoy a lo largo del año era entonces celebrado como una síntesis unitaria e indisociable en una única fiesta que es la Pascua. Así en los tres primeros siglos de la vida de la Iglesia prevaleció el criterio místico de la concentración sobre el criterio cronológico de la distribución que entró en los siglos siguientes. La Iglesia primitiva no celebraba los misterios de Cristo sino el misterio de Cristo, es decir la Pascua como evento que reasume y sintetiza los demás aspectos de la vida de Cristo. … A partir del siglo IV detectamos una tendencia a fraccionar el misterio de Cristo. … En torno a la Pascua se irá formando un período de preparación y otro de prolongación de la misma. … Junto al ciclo pascual se forma casi simultáneamente un ciclo natalicio y a finales del siglo IV quedó diseñada la estructura del año litúrgico tal como ha llegado hasta nosotros”.

Augusto Bergamini afirma que “el culto de la Iglesia nació de la Pascua y para celebrar la Pascua. … todo era visto en y desde el centro, y este centro es el acontecimiento de Cristo muerto y resucitado que nos comunica el Espíritu de adopción por el cual somos hijos en el Hijo”.

Sin duda, el año litúrgico es el marco de toda la vida de la Iglesia, es decir de la obra evangelizadora en su integridad: anuncio y catequesis, celebración de los sacramentos y vivencia cristiana; en consecuencia es el marco de toda la pastoral de la Iglesia. Julián López Martín habla sobre el valor pastoral del año litúrgico afirmando que:

“a esta realidad sacramental y mistagógica del año litúrgico se une su valor como itinerario de fe y de formación cristiana para toda la comunidad y como el marco pastoral más adecuado para la acción pastoral de la Iglesia… Cada año litúrgico es una nueva oportunidad de gracia y de presencia del Señor de la historia… en el gran símbolo de la vida humana que es el año”. .

   

El año litúrgico es el método pedagógico que Dios utiliza, por medio de su sacramento que es la Iglesia, para realizar en nosotros ese vivo proceso de cristificación. Esta dinamicidad es propia de la liturgia y el retorno siempre nuevo del año litúrgico es el testimonio evidente de la actividad transformadora de Cristo. 

Unidad y diversidad del año litúrgico

Con respecto al año litúrgico se puede hablar de la unidad y de la diversidad del mismo: la unidad le es dada por la celebración del único Misterio de Cristo y la diversidad en los acentos propios de cada ciclo. 

Un ejemplo muy claro de las constantes y variantes del año litúrgico lo ofrece el tiempo cuaresmal-pascual, que tiene como constante su centro: la gran vigilia pascual con su tradicional preparación en el tiempo de la Cuaresma y su prolongación con la cincuentena pascual. En cambio, como variantes presenta, especialmente en la Cuaresma, las connotaciones específicas de cada ciclo; esto hace que cada ciclo cuaresmal reciba un nombre propio: ciclo bautismal (A), ciclo cristológico (B) y ciclo penitencial (C).

La Cuaresma

El Ciclo “A” es típicamente “catecumenal”, es decir destinado –aunque no exclusivamente- a quienes serán bautizados, confirmados y comulgados en la Vigilia pascual. No obstante, como también “la celebración de la memoria de la Pascua tiene el evidente efecto de desarrollar las potencialidades divinas presentes en el que ha sido constituido por gracia miembro viviente de Cristo en la Iglesia”, en dicho ciclo, los ya bautizados, podemos hacer una especie de catecumenado espiritual por el que nos vamos preparando a renovar nuestras promesas bautismales y suplicar la gracia al Señor de retomar el camino de la vida con el compromiso de impregnar de luz y vida nueva esta historia del hombre que transcurre de la tierra de servidumbre a la tierra de servicio, de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida. En consecuencia, aunque el camino está pensado principalmente para los catecúmenos que inician su preparación próxima para recibir los sacramentos de la iniciación cristiana durante la vigilia pascual, puede ser muy bien aprovechado por la comunidad cristiana que también se dispone a renovar las promesas bautismales.

El comienzo de la Cuaresma se caracteriza por el austero símbolo de las cenizas, propio de la Liturgia del Miércoles de Cenizas. Propio de los antiguos ritos con los que los pecadores convertidos se sometían a la penitencia canónica, la Iglesia lo ha conservado como signo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal. 

Benedicto XVI afirma que la ceniza bendecida impuesta sobre nuestra cabeza nos invita a intensificar el empeño de conversión para seguir cada vez más al Señor. En efecto, “la Cuaresma    nos recuerda que la vida cristiana es un camino que recorrer, que consiste no tanto en una ley que observar, sino la persona misma de Cristo, a la que hay que encontrar, acoger, seguir”. 

Los Domingos de Cuaresma

Durante estos domingos, las lecturas del Antiguo Testamento presentan las grandes etapas de la historia de la salvación, para preparar el gran acontecimiento de la Pascua del Señor: la creación y el pecado en los orígenes (I), la vocación de Abraham (II), el Éxodo y Moisés (III), la unción de David (IV), los profetas y su mensaje (V), el Siervo de Yahvé (Domingo de Ramos). Los Evangelios siguen también una temática organizada y propia: los dos primeros domingos están vinculados entre sí por cuanto nos presentan en una visión global todo el camino de la vida cristiana, con sus obstáculos o tentaciones, y su coronación o transfiguración. En este ciclo A se lee la versión de San Mateo. Por su parte, los otros tres domingos, de la mano del evangelio de San Juan, están ordenados como jalones de un itinerario bautismal mediante el recurso a los tres símbolos fundamentales del mismo: el agua, la luz y la vida. Las segundas lecturas están relacionadas con los evangelios, con especial presencia de la Epístola a los Romanos (en tres domingos). Son las que insisten más en la renovación moral del cristiano a la que invita la Cuaresma. 

El domingo de las tentaciones

En la oración colecta de este primer domingo,  se reza: “Dios nuestro Padre, con la celebración de esta Cuaresma, signo sacramental de nuestra conversión, concede a tus fieles crecer en el conocimiento del misterio de Cristo y de dar testimonio de él con una digna conducta de vida”. Es una invocación que dirigimos a Dios porque sabemos que sólo Él puede convertir nuestro corazón. Y es sobre todo en la Liturgia, en la participación en los santos misterios, donde somos llevados a recorrer este camino con el Señor; es un ponernos a la escucha de Jesús, recorrer los acontecimientos que nos han traído la salvación, pero no como una simple conmemoración, un recuerdo de hechos pasados. En las acciones litúrgicas, Cristo se hace presente a través de la obra del Espíritu Santo, esos acontecimientos salvíficos se vuelven actuales.

Este domingo nos invita a renovar nuestra decisión definitiva por Dios y a afrontar con valor la lucha que nos espera para permanecerle fieles. Siempre está de nuevo esta necesidad de la decisión, de resistir al mal, de seguir a Jesús. 

En la primera lectura del Ciclo A se enfrentan Adán y el tentador o diablo con la derrota del primero. Adán es tentado y peca, desobedece a la voluntad de Dios. En el Evangelio, Jesús vence la tentación, permanece fiel y obediente al Padre. 

La segunda lectura es una excelente síntesis entre la primera lectura y el Evangelio al contraponer la derrota de Adán con la victoria de Cristo y las consecuencias de ambas acciones para la vida de todos los hombres. Es la que presenta mejor nuestra situación actual pues de algún modo vuelve a colocar al cristiano ante la posibilidad de elegir: o el pecado y la muerte con Adán; o la gracia y la vida filial con Cristo. 

El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica se pregunta: ¿Qué nos revelan las tentaciones de Jesús en el desierto? a lo cual responde: 

“Las tentaciones de Jesús en el desierto recapitulan la de Adán en el paraíso y las de Israel en el desierto. Satanás tienta a Jesús en su obediencia a la misión que el Padre le ha confiado. Cristo, nuevo Adán, resiste, y su victoria anuncia la de su Pasión, en la que su amor filial dará suprema prueba de obediencia. La Iglesia se une particularmente a este Misterio en el tiempo litúrgico de la Cuaresma”. 

Precisamente, en este domingo, cuando se realiza el catecumenado, la Iglesia luego de haber oído el testimonio de los padrinos y catequistas con el consecuente discernimiento, celebra la elección de aquellos que son elegidos para recibir los sacramentos de la iniciación durante la Vigilia pascual.

El Domingo de la Transfiguración

En este domingo, la primera lectura nos presenta la vocación de Abrahán que da comienzo a la historia de la salvación. La transfiguración de Jesús es una glorificación anticipada de la resurrección.  Es una señal para los discípulos atemorizados por la idea de la muerte de Jesús, confirmándolos en la fe y señalándoles la meta última. El mismo Jesús anticipa algo de lo que será la gloria de la Resurrección, descubriendo su divinidad escondida bajo los velos de su carne humana.  Asimismo, sintetizados en Moisés y Elías, todo apunta a que está llegando el cumplimiento de lo anunciado en el Antiguo Testamento. 

El relato de la transfiguración de Jesús, después del episodio de las tentaciones (evangelios de los dos primeros domingos de Cuaresma) nos muestra el camino de los cristianos a la gloria. Supone vencer la tentación o las pruebas en el desierto de la vida; subir al monte a contemplar, a celebrar; escuchar la palabra de Dios; gozar de la presencia salvadora del Señor; bajar de la montaña para continuar caminando, compartir la experiencia vivida a su debido tiempo, en el momento oportuno, mediante el testimonio. La transfiguración es un relato de aliento, de estímulo para no retroceder sino continuar avanzando en el camino de la vida cristiana paso a paso hacia la meta definitiva. Es una invitación a la confianza. 

¿Cuál es el significado de la Transfiguración? se pregunta el  Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica y su respuesta es: 

“En la Transfiguración de Jesús aparece ante todo la Trinidad: «el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa» (Santo Tomás de Aquino). Al evocar, junto a Moisés y Elías, su partida (Lc 9, 31), Jesús muestra que su gloria pasa a través de la cruz, y otorga un anticipo de su resurrección y de su gloriosa venida, que transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo (Flp 3, 21)”. 

Los otros tres domingos: especificidad del Ciclo A 

La variante propia del “ciclo bautismal” (A) se produce en los domingos siguientes, llamados de la samaritana, del ciego de nacimiento y de la resurrección de Lázaro. En éstos, Jesucristo aparece como el Agua Viva, la Luz del mundo y la Resurrección y la Vida. En efecto, las lecturas de este ciclo se inspiran en la antigua tradición romana de la preparación de los catecúmenos al Bautismo: son una gran catequesis bautismal. Es por eso que este ciclo es obligatorio donde hay catecúmenos, pero aunque no los haya es una buena oportunidad para que todos los cristianos revisemos la conciencia y vivencia de nuestro Bautismo, preparándonos para la renovación de las promesas bautismales en la liturgia bautismal de la Vigilia pascual. Nos lo recuerda Benedicto XVI en su catequesis:

“El Bautismo, por tanto, no es un rito del pasado sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo. Un nexo particular vincula al Bautismo con la Cuaresma como momento favorable para experimentar la Gracia que salva. Los Padres del Concilio Vaticano II exhortaron a todos los Pastores de la Iglesia a utilizar «con mayor abundancia los elementos bautismales propios de la liturgia cuaresmal» (SC 109). En efecto, desde siempre, la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo: en este sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo Espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 8, 11). Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al catecumenado, que para los cristianos de la Iglesia antigua, así como para los catecúmenos de hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana: viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia”.

Para recorrer este itinerario catequístico-celebrativo se usa, en consecuencia, el leccionario propuesto para ese ciclo y los textos eucológicos de los domingos IIIº, IVº y Vº de Cuaresma respectivamente.

Jesús Castellano habla de tres encuentros donde se constatan tres situaciones antropológicas, tres revelaciones de Jesús y tres realidades sacramentales del Bautismo. 

La Samaritana, el ciego de nacimiento y Lázaro son personajes que asumen en el Evangelio de Juan una función simbólica universal. El camino cuaresmal hacia la Pascua del ciclo dominical A nos trae el mensaje luminoso de esos tres encuentros con Cristo, o mejor, de Cristo con los hombres, que caracteriza el itinerario bautismal de todo creyente. Por eso los tres Evangelios están insertados con mucho tino en los tres progresivos escrutinios que supone el Ritual de la Iniciación Cristiana de los Adultos (= RICA). 

Como “memoria” del Bautismo recibido, los tres encuentros evangélicos renuevan la conciencia del cristiano y lo ponen ante la persona de Cristo, Salvador y Redentor, que con su luz “escruta” al hombre en sus profundidades y con la vida que emana de su persona vivifica los residuos necróticos del pecado.

Los tres textos evangélicos claramente destacados a través de los tres domingos representan los tres momentos de la fe: conversión, iluminación y comunión. En efecto, la samaritana equivale a conversión, el ciego de nacimiento es iluminación y la resurrección de Lázaro destaca la vida nueva que nos viene de la comunión con el Señor muerto y resucitado. 

En efecto, podemos hacer una lectura litúrgica de estos tres encuentros a partir de tres claves hermenéuticas fundamentales (antropológica, cristológica y bautismal). Con estas tres claves y su estupenda pedagogía de progresividad podemos realizar a nivel personal y comunitario, en la liturgia dominical o en posibles celebraciones semanales de la palabra, en la “lectio divina” de estas perícopas evangélicas, una auténtica experiencia de encuentro con el Señor en el camino hacia la Pascua.

Los Domingos III, IV y V de Cuaresma  este ciclo tienen un prefacio propio que hace oración el contenido del Evangelio proclamado ese día.

El Domingo de la Samaritana

La imagen central es el don del agua al sediento (primera lectura y evangelio) y las realidades significadas son la Palabra de Dios que conduce a la fe (salmo y evangelio) y el Espíritu derramado en el corazón de los hombres (segunda lectura y evangelio) Desde el punto de vista del corazón humano, se hace una descripción de sus tinieblas: falta del sentido de Dios (primera lectura), endurecimiento del corazón (salmo), enemistad, amor descarriado; pero también de su capacidad de apertura y de deseo de verdad (evangelio). 

La Samaritana, ante la persona de Jesús que ha salido a su encuentro, cae en la cuenta de su situación existencial y de su posibilidad de cambio de vida, de nuevas perspectivas para su existencia. Sólo la presencia de Jesús descubre a esta mujer (que nos representa a todos) la posibilidad de algo nuevo: la salvación. Ante la Samaritana Jesús aparece en una progresiva revelación de su persona y de su misión. Jesús es el hombre, cansado y sediento, el judío, el profeta y el maestro, el Mesías, proclamado finalmente como Salvador del mundo. Pero en el juego de la conversación con la Samaritana acerca del agua viva, Cristo aparece como fuente de esa agua que llega hasta la vida eterna, manantial del Espíritu y, dentro de la tipología bíblica alusiva, nuevo Moisés que toca con la fuerza de su palabra la roca del corazón de la mujer y la convierte en manantial de agua viva. Jesús perdona el pecado, da sentido a la existencia, cambia la vida de esta mujer que se convierte en apóstol. 

El pecado no es la realidad final e inmutable, si Cristo se presenta como Salvador y es acogido por medio de la fe. La Samaritana es la cabal presentación en el Evangelio de Juan del proceso dinámico y positivo de conversión evangélica, de transformación de la persona: de pecadora en apóstol (como cualquier cristiano que se deja “escrutar” por la mirada “convertidora” de Jesús). 

Según el RICA, durante este domingo se celebra el primer escrutinio de los catecúmenos. 

Domingo del ciego de nacimiento

En la primera lectura se encuentra la narración de la unción del rey David: su elección por parte de Dios, cuando custodiaba los rebaños de su padre. 

En el Evangelio aparece la experiencia del ciego de nacimiento curado por Jesús. A diferencia de la samaritana, el encuentro con Cristo se realiza en una dimensión de colectividad. Junto a él están sus padres, testigos del hecho de su ceguera congénita y de su actual capacidad de ver, tras el milagro obrado por Jesús. Y entre unos y otros aparecen los fariseos, los que finalmente representan en la interpretación de Juan los verdaderos “ciegos” que no quieren ver. 

Hay en el fondo de esta narración evangélica una presentación de la dimensión colectiva del pecado. Ante el mal que significa la ceguera congénita, se apunta a la posibilidad que sea un efecto del pecado del ciego mismo o de sus padres. Se buscan respuestas al misterio del mal, al misterio del pecado. Sólo el encuentro personal con Cristo puede iluminar la situación de pecado, liberar de las responsabilidades personales y de las intrincadas participaciones comunitarias y sociales en el pecado del mundo. 

En el episodio del ciego de nacimiento hay también una progresiva revelación de Cristo. Se le reconoce como un hombre, como profeta, como Mesías, como alguien que procede de Dios. Mientras se abren progresivamente los ojos del ciego, no sólo a la luz del sol y de la vida sino también a la comprensión de la palabra y de la persona de Jesús, se va agudizando, por rechazo, la ceguera de los enemigos de su predicación, empecinados en no querer ver la luz. Contraste evidente entre un ciego de nacimiento que ve y unos videntes que quieren ser ciegos ante la luz. 

También aquí la revelación de Jesús llega a una personalización: Yo soy la Luz del mundo. En la palabra y en la obra de Jesús, en su persona, tenemos la salvación personal y colectiva de esa ceguera que envuelve a la humanidad, a partir del pecado que envilece la capacidad intelectual del hombre y lo lleva a sumergirse, a sabiendas, en el mundo de las tinieblas, en el rechazo de la luz como norma y forma de vida. Jesús salva siendo Luz del mundo. 

El bautismo es “photismós”, iluminación. El cristiano es un iluminado porque Cristo es su “photismós”, su iluminación. También en el Bautismo somos liberados de las tinieblas del mal y recibimos la luz de Cristo para vivir como hijos de la luz. En el RICA se prevé la celebración del segundo escrutinio. 

Domingo de la resurrección de Lázaro

El Evangelio nos presenta la resurrección de Lázaro. 

En él, como en los otros personajes, tenemos retratada la condición de la humanidad y la posibilidad de salvación que Cristo nos trae con su palabra y su persona. La dimensión cósmica del pecado –no sólo personal y colectiva como en los casos anteriores– se extiende a la humanidad misma que está marcada por la muerte. Hay una honda participación en esta condición mortal que Lázaro representa. La salvación de Cristo, para ser salvación cumplida, tiene que ser una salvación total, que abarque el misterio de la existencia y abrace incluso la condición de la persona en su integridad; tiene que ser más aún que en el caso de Lázaro –cuya vuelta a la vida es, en realidad, efímera- como en el caso de Jesús que resucita glorioso y triunfante de la muerte. Entonces, en el milagro de la resurrección de Lázaro, el más grande de los signos del poder de Jesús, antes de su propia resurrección, aparece la dimensión total de la salvación. 

La salvación es vida, vida que vence la muerte. Es resurrección; no sólo la de un muerto que vuelve a la vida efímera y que poco más tarde volverá a morir, como sucederá a Lázaro, sino como acontece con Jesús en su resurrección gloriosa. 

Ante el sepulcro de Lázaro, y ante todos los sepulcros de este mundo, ante el temor de la muerte y ante todas las muertes, físicas y espirituales, se yergue majestuosa la persona de Cristo que se autoproclama: Yo soy la resurrección y la vida. 

Finalmente el Bautismo es “palingénesis”, regeneración, misterio de muerte y de vida. En el Bautismo hemos pasado de la muerte a la vida y somos hechos hombres nuevos, muriendo al hombre viejo para vivir del Espíritu del Resucitado. Para los catecúmenos, se celebra el tercer escrutinio.

El Domingo de Ramos en la Pasión del Señor: inicio de la Semana Santa

La Semana Santa es inaugurada por el Domingo de Ramos, en el que se celebran dos aspectos del único misterio pascual: el triunfo, mediante la procesión de ramos en honor de Cristo Rey, y la “derrota”, con la lectura de la Pasión correspondiente a los evangelios sinópticos (la de Juan se lee el viernes). Debido a los dos aspectos antes mencionados que tiene este día, se denomina Domingo de Ramos (subraya la victoria) o Domingo de Pasión (subraya la “derrota”) o sintéticamente Domingo de Ramos en la Pasión del Señor. 

Por esta razón, el Domingo de Ramos -anuncio del misterio pascual- comprende dos celebraciones: la bendición de los ramos y la procesión y la celebración de la eucaristía. En efecto, a la procesión sigue inmediatamente la eucaristía. Del aspecto glorioso expresado en los ramos pasamos al aspecto doloroso de la pasión. Esta transición no se deduce sólo del modo histórico en que transcurrieron los hechos, sino porque el triunfo de Jesús en el Domingo de Ramos es signo de su triunfo definitivo. Los ramos nos muestran que Jesús va a sufrir, pero como vencedor; va a morir, pero para resucitar. En resumen, el domingo de Ramos es inauguración de la Pascua, o paso de las tinieblas a la luz, de la humillación a la gloria, del pecado a la gracia y de la muerte a la vida. 

El triduo del “Cristo muerto, sepultado y resucitado”

El Triduo Pascual conmemora, paso a paso, los últimos acontecimientos de la vida de Jesús, desarrollados en tres días. El triduo del “Cristo muerto, sepultado y resucitado” es el momento más importante del año. Pero éste triduo tiene –a modo de prólogo- la llamada celebración de la Cena del Señor. En ésta se recuerda en una misma celebración: la institución de la Eucaristía, la institución del sacerdocio cristiano y el mandato de la caridad.

El Viernes Santo es un día a-eucarístico (no propiamente a-litúrgico), es decir sin la celebración de la Eucaristía. Como enseña Jesús Castellano, la Pasión puede ser vista como proclamada, invocada, adorada y comunicada. Es el día del Cristo muerto.

El Sábado Santo es el día del recuerdo de la sepultura de Jesús. Es, en consecuencia, el segundo día del triduo: el día del Cristo sepultado.

Luego, tenemos la celebración del “Acontecimiento” (tercer día del triduo) que es para los catecúmenos no sólo concluir dicho tiempo sino ser recibidos en la gran familia de los hijos de Dios y para los ya bautizados es renovar nuestra experiencia profundizando así en la raíz misma de la existencia cristiana. La Resurrección del Señor, celebrada solemnemente durante la Vigilia pascual con su conocida cuádruple estructura e igualmente celebrada con solemnidad el Domingo de Pascua es la gran fiesta de los cristianos.

La Cuaresma nos ha preparado para la Pascua: Cristo Jesús ha pasado en su misterio pascual a una nueva forma de existencia. Su obediencia al Padre con la entrega de su vida en la cruz y la acción poderosa del Padre que, por su Espíritu, lo ha resucitado de entre los muertos, lo ha constituido “Señor” y primogénito de toda la creación. Ha entrado definitivamente en la esfera del Espíritu y vive para el Padre. Y como este “paso” (Pascua) lo ha dado como Cabeza de la nueva humanidad, se ha convertido en modelo y prototipo de lo que la Iglesia entera debe ser. Los cristianos desplegamos en la historia la Pascua de Jesús. La vamos desarrollando. Se puede decir que la Pascua no está terminada: se ha cumplido en nuestra Cabeza, Cristo; pero todavía tiene que cumplirse en nosotros, es decir en su Cuerpo: la Iglesia. 

Por esto, la liturgia bautismal tiene un momento tan especial en la celebración de la Vigilia Pascual.

La mistagogía del tiempo pascual del Ciclo A

Luego, sigue la prolongación de este gran Acontecimiento porque simplemente nos es imposible abarcar la realidad de lo acontecido; la Iglesia es muy buena “pedagoga” al distribuir en cincuenta días el gozo y la inteligencia del “gran domingo” (San Atanasio) o el “gozoso espacio” (Tertuliano). Espacio de gracia que nos participa la vitalidad inagotable de la Pascua por la que nos colocamos en continuo camino de conversión, de cambio de vida, de “paso”. “El año litúrgico nos coloca en la condescendencia del misterio: en la Pascua del Señor celebramos la fidelidad del Padre que no defrauda al que en él confía”.

El tiempo pascual comprende cincuenta días, vividos y celebrados como un solo día; la Cuaresma nos ha preparado para esta celebración, la Noche Pascual ha “inaugurado” la Pascua, que ahora se extiende durante siete semanas de vivencia intensiva. El día de Pentecostés no será una fiesta aparte, sino que es la plenitud y cumplimiento de lo inaugurado en la Noche de Pascua. Tampoco la Ascensión debe “dividir” esta cincuentena. El tiempo Pascual debe vivirse como una unidad hasta la tarde del día de Pentecostés.

Los evangelios del tiempo de Pascua

El evangelio dominante durante todo este período –en realidad, ya desde la tercera semana de Cuaresma– es el de San Juan; lo cual nos sitúa en la temática de la fe y de los sacramentos de la fe. Las perícopas evangélicas señalan las apariciones del resucitado, el buen Pastor, la comunión de vida con Jesucristo y especialmente el mandato del amor, la promesa del Espíritu, y la plegaria sacerdotal de Jesús.

Las apariciones del Resucitado no varían en el primer y el segundo domingo: especialmente se reserva –según una tradición venerable– para el segundo domingo la aparición de la tarde de Pascua y a los ocho días después, para dar pie a una acentuación del sentido del domingo cristiano. La tercera aparición es, en el ciclo A, la de los discípulos de Emaús (Domingo III), de reconocida tradición litúrgica y muy afín a la teología mateana del “cumplimiento” de las Escrituras.

El domingo del Pastor (Domingo IV) tiene en el ciclo A como perícopa evangélica la primera parte del clásico discurso de Jesús de Juan 10, que continuará leyéndose en los ciclos B y C. Quizá cabe subrayar en estos primeros versículos de dicho capítulo el aspecto eclesial de la enseñanza: Jesús mediador –puerta– de la vida divina para las ovejas.

Los domingos V, VI y VII traen partes del discurso y de la oración del Señor después de la última Cena. En el Evangelio del Domingo V de Pascua, Jesús promete a sus discípulos el envío del Espíritu, como contrapartida a la tristeza que percibe en ellos por el anuncio de su inminente partida. Viene a decirles que su “paso al Padre” no significa “vacío” ni “ausencia”. Su presencia entre los suyos está asegurada aún después de su partida: “No los dejaré huérfanos, volveré… Esta promesa viene a renglón seguido de la afirmación: “Yo pediré al Padre que les dé otro Defensor, que esté siempre con Ustedes”. En efecto, la acción del Espíritu Santo asegura la presencia permanente de la Persona de Cristo en su Iglesia y de que su obra de salvación vaya siendo interiorizada y asimilada por sus seguidores. Gracias al Espíritu, la resurrección ha significado para Jesús la posibilidad de una forma nueva, más profunda y perfecta, de hacerse presente a los suyos.

En la fiesta de la Ascensión, como en los otros ciclos, se lee la conclusión de uno de los sinópticos; en este ciclo reaparece el  evangelio de Mateo, que sirve de enlace con la primera lectura, en la que Lucas nos da, todos los años, el comienzo del segundo libro de su historia. La conclusión de Mateo es totalmente típica de su teología: Jesús es el Señor del cielo, de la tierra, de los hombres y de la historia; este señorío no es abstracto e idealista, sino concreto; por esto envía sus testigos a congregar el nuevo pueblo de Dios de entre todos los pueblos; tampoco es un señorío lejano, ya que él mismo –el Señor– está junto a sus testigos como estuvo Yahvé con los profetas antiguos en el momento de las grandes misiones. 

El tiempo pascual es tiempo del Espíritu Santo. Pentecostés es el acontecimiento mismo del Señor resucitado que participa a su Iglesia el Don de su Espíritu que es Espíritu de Vida y Resurrección, fuerza para la vida del mundo. Esta solemnidad nos deja la eficaz certeza de estar viviendo el “espacio gozoso” de la transformación de toda la realidad por el Espíritu que “hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap. 21, 5). 

Cristo es la plenitud de los tiempos y nuestra salvación, y nuestro Bautismo es el acontecimiento sacramental por el que fuimos introducidos en Él, en aquella plenitud de Vida siempre nueva. 

Las primeras lecturas

Los textos de la primera lectura nos colocan ante el paradigma de toda comunidad cristiana: la comunidad primitiva. Es por eso que se leen los Hechos de los Apóstoles. Como en todos los ciclos, este libro ocupa durante la cincuentena el lugar reservado al Antiguo Testamento; es una forma de subrayar el carácter de novedad cristiana propia de este tiempo. Las perícopas elegidas para el ciclo A forman, en conjunto, una descripción fundamental de la comunidad primitiva; en cierta manera, se pueden comparar con la serie de lecturas primeras de la Cuaresma, donde aparecían también en este ciclo los momentos más clásicos de la historia de salvación. Si se quisiera enlazar la predicación sobre los Hechos con la temática de Mateo, no falta sino desarrollar lo indicado en el evangelio de la Vigilia Pascual: la comunidad del Señor resucitado, “su” pueblo, empieza a vivir en Jerusalén, y se realiza como norma de toda comunidad cristiana a través del tiempo. 

Los textos concretos presentan, en primer lugar, la vida de la comunidad según uno de los tres sumarios, radicada en sus elementos básicos y centrada en la presencia y misteriosa actividad congregadora del Señor (Domingo II). Los dos domingos siguientes están dedicados a la construcción de la comunidad; ésta se forma, en efecto, a partir de la predicación kerigmática de Pedro acerca de Jesús, cumplimiento de las Escrituras (Domingo III), a la cual responde la fe-conversión y el sacramento de la fe –el Bautismo– por el cual visiblemente crece la comunidad de los salvados (Domingo IV). La estructura ministerial –los apóstoles, los siete colaboradores helenistas– es el tema del domingo siguiente: en la comunidad no todos tienen la misma función, pero todo está al servicio de todos (Domingo V). La formación de la nueva comunidad de Samaría, completada con la comunicación del Espíritu por medio de los Apóstoles, sirve para presentar el crecimiento de las comunidades y para subrayar los agentes decisivos de este mismo crecimiento: apóstoles y Espíritu (Domingo VI).

La segunda lectura

Durante estos domingos es clave la lectura continua de la primera epístola de san Pedro que contiene elementos para una catequesis bautismal; de ahí su incorporación a la Liturgia de la Palabra del tiempo pascual, muy apto para la catequesis mistagógica del pueblo de Dios.

La lectura continua de la primera carta de san Pedro (la continuidad sólo se interrumpe en el domingo IV, para relacionar el texto con el evangelio de Jesús Pastor) presenta la exhortación a la vida cristiana en un mundo adverso. La perícopa del Domingo II presenta en forma de bendición clásica la condición del cristiano: una vida regenerada, que se vive en un tiempo de transición, en la fe y en la esperanza viva de la manifestación del Señor; y todo ello, como fruto del amor del Padre realizado en la Resurrección de Jesucristo. La perícopa del Domingo III es casi continuación de la anterior; la atención se centra, no obstante, en la actitud del cristiano: el respeto amoroso y filial para con Dios, la “seriedad” que impone la redención por la sangre de Cristo. Las dificultades que el cristiano experimenta en su vida cotidiana no son una novedad; Cristo, el Pastor, las experimentó el primero a causa de los hombres; sufrir sin culpa es una forma privilegiada de comunión con el misterio pascual de Cristo (Domingo IV). Por otra parte, la condición del cristiano en el mundo no es vivir en solitario; la comunión con Cristo se hace en comunidad, todos formando el nuevo pueblo de Dios (Domingo V). La comunión con Cristo es, asimismo, el fundamento de la actitud no-violenta que se propone a los cristianos; no es cobardía, sino testimonio de esperanza (Domingo VI).

Conclusión 

Propongo llamar los Domingos de Pascua del Ciclo A:

  • Domingo de la profesión de fe de Tomás (o Domingo de Jesús Misericordioso)
  • Domingo de los caminantes-acompañados (texto de Emaús)

Domingo del Buen Pastor

  • Domingo de la promesa del Señor
  • Domingo de la comunidad del Resucitado
  • Domingos de Ascensión y de Pentecostés

Con los elementos genéricos antes expuestos, se podría continuar estudiando la singularidad de cada domingo de modo análogo a cómo he hecho más analíticamente con los domingos de cuaresma.

Porqué hablamos de la mistagogía bautismal desarrollada durante la cincuentena pascual?

Con la respuesta a esta pregunta, intentamos concluir este artículo y ver, a su vez, la profunda unidad del camino cuaresmal-pascual del Ciclo A. No cabe duda acerca de la índole bautismal del período cuaresmal pero es necesario continuar explicitando el contenido bautismal en la cincuentena pascual.

San Juan Pablo II se preguntaba en la exhortación postsinodal Christifideles laici (= ChL) “¿Cuáles son los lugares y los medios de la formación cristiana de los fieles laicos? ¿Cuáles son las personas y las comunidades llamadas a asumir la tarea de la formación integral y unitaria de los fieles laicos?” (ChL 61) y luego afirmaba que puede servir de ayuda también “una catequesis postbautismal a modo de catecumenado”, que vuelva a proponer algunos elementos del RICA “destinados a hacer captar y vivir las inmensas riquezas del Bautismo ya recibido” (ChL 61). En consecuencia, los textos del itinerario bautismal del ciclo A de la Cuaresma puede ser buena oportunidad para poner en práctica esta recomendación pero creo que no sólo los textos cuaresmales sino también los pascuales.

En relación a la catequesis, en la exhortación Evangelii Gaudium (= EG), el Papa Francisco afirma que “toda la formación cristiana es ante todo la profundización del kerygma (…) que nunca deja de iluminar la tarea catequística, y que permite comprender adecuadamente el sentido de cualquier tema que se desarrolle en la catequesis” (EG 166). Asimismo afirma que “otra característica de la catequesis, que se ha desarrollado en las últimas décadas, es la de una iniciación mistagógica”. Esta iniciación mistagógica significa “la necesaria progresividad de la experiencia formativa donde interviene toda la comunidad” y “una renovada valoración de los signos litúrgicos de la iniciación cristiana”. (EG 166). 

En efecto, se sitúa en la línea de la afirmación de Benedicto XVI que recordaba que el itinerario formativo del cristiano en la tradición más antigua de la Iglesia, aun sin descuidar la comprensión sistemática de los contenidos de la fe, tuvo siempre un carácter de experiencia, en el cual era determinante el encuentro vivo y persuasivo con Cristo, anunciado por auténticos testigos. Dicho encuentro ahonda en la catequesis y tiene su fuente y su culmen en la celebración de la Eucaristía. En consecuencia, la catequesis mistagógica ha de introducir en el significado de los signos contenidos en los ritos y ha de enseñar el significado de los ritos en relación con la vida cristiana. Además, forma parte del itinerario mistagógico subrayar la relación entre los misterios celebrados en el rito y la responsabilidad misionera de los fieles. 

Estamos ante el desafío de integrar la preparación catecumenal, la celebración pascual y la prolongación mistagógica. Estamos ante el desafío de procurar dar mayor unidad al camino cuaresmal-pascual, subrayando la indiscutible importancia de la celebración de la Pascua

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